Una historia que conmueve y que tiene a dos jóvenes como protagonistas. Conocimos a Helen, conocé ahora a su ángel guardián.


Luis Biava es de Santiago Temple y recibió su título de profesor de Educación Física en silla de ruedas. Es uno de los pocos casos en la provincia y en el país. Su condición lejos de alejarlo de su sueño, lo hizo perseverar y demostrar que las barreras no existen cuando hay determinación y voluntad. Ahora da clases de handball y es preparador físico de fútbol en primera y reserva de inferiores. También dio natación y hockey, entre otras disciplinas deportivas.

Cuando comenzó a cursar la carrera en el IPEF, en la ciudad de Córdoba, en 2009, era un chico más. Viajaba todos los días, tomaba sus clases, volvía a su pueblo. Cuando ya había cursado los cuatro años de la carrera y sólo le restaba rendir algunos finales, su vida dio un giro inesperado: un accidente automovilístico lo dejó paralítico.

Sin embargo, apenas pudo recuperarse un poco no dudó en retomar, tenía una deuda pendiente consigo mismo: tener su título universitario. Desde la institución educativa no consideraron la situación por la que había perdido la regularidad de las materias ya aprobadas, por lo que debió recursarlas, algunas las hizo presenciales gracias al apoyo de una tía que lo llevaba a las clases, y otras las rindió libres.

Luis Biava

Si bien los obstáculos que se le iban presentando muchas veces lo hicieron flaquear y tener ganas de abandonar su sueño, logró seguir a pesar de todo y disfrutar a pleno de la meta alcanzada al recibir su título a principios de 2018. Ahora espera conseguir un cargo titular o suplente en alguna institución educativa, mientras da distintas disciplinas en el club del pueblo.

Contento con sus alumnos, supo adaptar sus clases para que todos comprendan el modo de hacer los ejercicios. “No es lo mismo explicarlo y hacerlo, que tener que explicarlo solamente, por eso me tuve que perfeccionar un poco más en el tema del vocabulario para que todos entiendan”, explica.

EL ACCIDENTE

Fue el viernes 11 de enero de 2013. Junto a su hermano menor de tan solo 7 añitos, iban a un torneo de natación a Río Primero desde Santiago Temple. Pero a la altura de los silos, apenas saliendo del pueblo, se cortó el amortiguador del auto, dando varios tumbos. El golpe fue en la columna.

Fue derivado al Hospital de Urgencias con desplazamiento de las vértebras dorsales 11 y 12.

Después de 40 días logró ser operado en el Hospital Córdoba, “en todo ese tiempo que se demoró la cirugía, fui perdiendo movilidad y sensibilidad, porque en el momento me dolía el cuerpo, sentía todo pero no podía mover desde las rodillas hacia abajo, pero con el paso de los días era como que me quemaba y se me iba adormeciendo el cuerpo, y llegué a perder la sensibilidad hasta la altura del pecho…”, recuerda Luis, el joven de 29 años, que a partir de entonces comenzó una lucha diaria, con médicos, hospitales, obras sociales, burocracias, malas praxis… pero nunca perdió la fortaleza gracias al apoyo invalorable de su familia y amigos, pilares fundamentales en su día a día.

Ahora, además de la rehabilitación que recibe una vez por semana por parte de la obra social, Luis realiza sus propios ejercicios todos los días. Se muestra esperanzado en poder volver a caminar, en independizarse, vivir solo, tener sus cosas… los deseos de todo joven de su edad.

No pierde la sonrisa, se muestra fuerte. Habla con firmeza y esperanza. “Fue duro de un día para el otro encontrarme en una silla de ruedas. Era muy independiente, y de pronto me sentí como una carga para mis viejos. Con el tiempo me fui adaptando y empezando a ver no lo que no podía hacer, sino lo que sí podía seguir haciendo… No fue fácil…”, confiesa.

Luis Biava

​Luis reconoce que hay días de bajón, pero ahí aparecen los amigos que siempre estuvieron y siempre están. Lamenta la falta de accesibilidad a lugares públicos y reconoce que hay muchos prejuicios, por eso su compromiso es trabajar ayudando a otros que pasan por su misma situación.

“Nadie se prepara para algo así. Esto no fue una enfermedad progresiva, fue un accidente, y de un momento a otro mi vida entera cambió…”, confiesa asumiendo que toda su situación lo hizo madurar y volverse fuerte. “Ahora es algo de todos los días, un esfuerzo diario para salir adelante”, remarca el joven profesor, derribando todas las barreras.




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