Opinión. El desorden institucional acelera la crisis

En un círculo vicioso, sin solución a la vista, la aceleración de la crisis económica está sumergiendo al país en un desorden institucional mayúsculo que acrecienta a su vez las dificultades para enfrentar el derrumbe de la economía.

Opinión. El desorden institucional acelera la crisis
Sergio Massa, Cristina Fernández y Alberto Fernández.

En el vértice de la pirámide, la declinación del presidente Alberto Fernández a una reelección imposible no provocó ninguna mejora en su posición para gestionar. Al contrario, disparó un nuevo proceso de degradación. Si en su legitimidad inicial ya cargaba con la devaluación de haber aceptado una presidencia vicaria, ahora -excluido y desdeñado por toda su coalición política- la institución presidencial bajó un escalón más.

Aunque espectral, sigue siendo la Presidencia: la jefatura institucional del Ejecutivo, comando en jefe allí donde el Estado monopoliza la fuerza legítima, referencia última de la legalidad en el océano infinito de la actividad administrativa. Si el presidente, por despecho de los suyos o por defección propia, asume transcurrir como una sombra hasta el final del mandato, esa condición nunca será inocua en el ejercicio del poder. El vacío no se ejerce.

La prueba la tuvo Alberto Fernández al ver que su renunciamiento coincidía con un huracán que vino a rellenar su centro de baja presión. El Gobierno lo definió como corrida cambiaria, aunque para los ciudadanos fue una nueva y tempestuosa devaluación. Estacionado en un margen, el Presidente observó que el vacío fue ocupado por los aliados que lo tiraron a la banquina.

Abordaje

Sergio Massa protagoniza todavía la saga de una devaluación en serie. Asumió intentando camuflarla con desdoblamientos cambiarios que se bifurcaban cada mes, multiplicándose como amebas. Cuando el experimento se agotó, devaluó formalmente para la liquidación de la soja. Con una condición implícita: cada episodio de dólar soja que inauguraba, era la admisión de que habría una devaluación posterior. La miniserie detonó en el tercer envío. El dólar se acomodó por encima de los 450 pesos y orienta los precios relativos hacia una inflación más alta que la actual.

Ahora Massa apuesta todo a un anticipo de fondos del FMI. En Washington no saben si recibirlo como ministro de Economía encargado de una transición ordenada o como un candidato que aspira a un financiamiento privilegiado para competir por la presidencia.

Massa necesita de esa ambigüedad para contener el frente interno, desde la CGT ansiosa por las paritarias, hasta el kirchnerismo afligido por el default de su oferta electoral. Pero esa incertidumbre deliberada de Massa sobre su eventual postulación es su principal fragilidad para negociar con el Fondo. El mejor escenario para el Massa ministro sería un triunfo nítido de una oposición racional en las elecciones primarias, que genere un vuelco positivo de las expectativas económicas y le oxigene el camino a la transmisión del mando. Pero eso sería una decepción visceral para el Massa candidato.

El ministro no se percibe como ministro, sino como presidente de facto, en tránsito posible hacia la presidencia de iure. El caso de la vicepresidenta es distinto. Massa todavía imagina un abordaje al barco; Cristina saluda desde un bote de evacuación. Sus expresiones acerca de que ya entregó “todo lo que tenía para dar” suenan más potentes que los trascendidos, en contrario que replican en su corte de los milagros.

Una larga retirada

Esa tensión agónica en la vice: su pertenencia al Gobierno y su deserción del Gobierno se refleja en las contradicciones de su discurso. Como miembro del Gobierno apoya las gestiones de Massa ante el FMI; como desertora del Gobierno lo complica culpando de la inflación al FMI. Un argumento cuestionable: Cristina recibió la presidencia en 2007 con 8,5% de inflación anual y en descenso. Tras dos mandatos, dejó una inflación de 24% y en aumento. En todo ese trayecto nunca estuvo el FMI.

La traumática jubilación política de Cristina -esa larga gira chalchalera que viene enmascarando como charlas de magisterio- encierra además una contradicción mayor: el agotamiento definitivo de su intento de liderar al mismo tiempo el cambio y el orden en la Argentina. Como vicepresidenta le urge ordenar al oficialismo detrás de la consigna de Malena Galmarini: “Todo termina si termina Sergio”. Como líder política agita la competencia en los márgenes del sistema. Por eso levanta y tensiona con Javier Milei. La crisis, de la que es tan responsable como Massa y Alberto Fernández, la vació de credibilidad para disputar con Rodríguez Larreta o Patricia Bullrich la escena competitiva de un cambio real.

Mientras, a su daño colateral sobre la dinámica de las instituciones lo sigue infligiendo desde el Congreso. Ha perdido el control del Senado, pero insiste en auspiciar en Diputados un emprendimiento inoficioso y peregrino contra la Corte Suprema de Justicia.

En esa escena también han empeorado las derivas. La trama cada vez más evidente de intervenciones ilegales en las comunicaciones privadas de los máximos jueces del país, y de otros que tuvieron en su despacho causas contra la vicepresidenta, parece conducir a terminales de las que no sería ajeno el aparato de inteligencia del Estado. ¿Acaso algunos fisgones de las líneas clonadas pueden terminar siendo los mismos que hacen discursos fogosos en la comisión de Juicio Político?

Toda esta arquitectura institucional dañada por la actual administración en los tres poderes del Estado es la que gestiona la evolución de la crisis. Cuando Argentina golpea la puerta de sus acreedores, también subyace en sus interlocutores la idea de que el despoder no se ejerce.