Emilio Riquelme, el “Almirante” de Echagüe: una vida dedicada al club

El Atlético Echagüe Club despidió a Emilio Riquelme, histórico integrante de la institución, quien falleció este 2 de octubre. Desde su llegada al club en 1980 construyó una historia marcada por el compromiso, la amistad y un profundo sentimiento por los colores azul y negro. Antes, había formado parte de la Armada Argentina y navegado durante dos años en el ARA General Belgrano.

Emilio Riquelme, el “Almirante” de Echagüe: una vida dedicada al club
Nuestro Almirante: el emotivo recuerdo de Gustavo Piérola a Emilio Riquelme. (web)
03 de octubre de 2026, 15:14

El profesor Gustavo Alfredo Piérola, presidente de Echagüe, le dedicó un sentido texto titulado “Al querido Emilio Riquelme. Nuestro Almirante”, en el que reconstruye diferentes momentos de su vida, desde aquella infancia en la zona de Oro Verde y Alberdi hasta sus más de cuatro décadas formando parte de la familia azul y negra. Compartimos las palabras de Piérola.

Al querido Emilio Riquelme

7 de abril de 1960 – 2 de octubre de 2026. Nuestro Almirante

—Emilio… —pegó el grito Raúl desde lejos—. Cuando vuelva de la escuela nos juntamos en el terreno al lado de casa. El sábado jugamos en la Escuela Alberdi con los de Tezanos Pintos.

Raúl Milocco y Emilio Riquelme se criaron juntos formando parte de una hermosa gurisada de la zona de Oro Verde y Alberdi. Cuentan viejos amigos que a Emilio le gustaba el arco; algunos lo cargaban porque era medio pata dura. No era Gatti, pero se defendía en la portería.

Nuestro Almirante: el emotivo recuerdo de Gustavo Piérola a Emilio Riquelme.
Nuestro Almirante: el emotivo recuerdo de Gustavo Piérola a Emilio Riquelme. (web)

Ambos se veían casi a diario cuando Emilio se acercaba a buscar agua, a pedido de Doña Eva, a la canilla comunitaria cerquita de la casa de Raúl.

Raúl hizo la escuela primaria en la Escuela Normal de Paraná porque su padre trabajaba en el INTA y varios chicos iban a la escuela fundada por Sarmiento; entonces la empresa ponía el colectivo.

Emilio se quedó estudiando en sus pagos. Ingresó y completó la primaria en la Escuela Juan Bautista Alberdi, a pocos metros de su casa. De familia numerosa, comandada por la bondad de sus padres, Argentino y Eva, y unos ocho hermanos y hermanas que sumaban a una casa de puertas abiertas, con infaltables mates cocidos y tortas fritas para cualquiera que ingresara por esa puerta generosa y solidaria.

En una oportunidad estaba Emilio, ya adolescente, desmontando con amigos un pequeño monte y ganándose las primeras monedas de su vida.

—Che, Emilio, ¿no te animás a que nos metamos en la Escuela de la Armada, allá en Buenos Aires? —le preguntó, hacha en mano, el Loco Espinoza, uno de los más pegados de la banda futbolera.

A Emilio le gustó la parada. De tanto chapotear en arroyos, lagunas y tajamares de la zona, mojarreando y cazando ranas, era un enamorado del agua y siempre soñaba y planeaba conocer el mar. Sentados debajo de un talita y tomando un tereré, fueron proyectando el sueño.

Y así fue. Emilio hizo toda la preparación secundaria en la Escuela Mecánica de la Armada.

En esos años, además de apasionarse por los nuevos conocimientos vinculados al mar, formó un grupo de amigos y colegas provenientes de diferentes partes del país que, hasta hace poco, se reunían en diferentes provincias para no perder esos hermosos recuerdos juveniles después de casi cuarenta años. Encuentros en los que el “Riqui”, como ellos le decían, era el centro de las alegrías y de las anécdotas compartidas.

En el transcurso de esos años marítimos, finalizada la escuela, se embarcó y supo navegar dos años en el honroso y glorioso ARA General Belgrano, emblema de nuestra soberanía y de nuestra patria.

Surcando los mares, Emilio se formó como furrier, o encargado administrativo, a su corta edad, rol que le dio la Comandancia por su responsabilidad y seriedad lograda en la propia Escuela.

Luego de esa experiencia en el mar, trabajó un tiempo en la empresa Acindar de Villa Constitución, pero esos años de lejanía lo llevaron a decidir volver a su tierra natal, extrañando familia, amigos, campos y aquellos hilos y charcos de agua que lo vieron crecer.

Corrían los días finales de la década de 1970. Su amigo Raúl trabajaba con el ingeniero Orlando “Chungo” Butta en una planta que había alquilado a un tal Politti cerca de Oro Verde.

Allí estaba Raúl cargando bolsas de semillas y, cada tanto, su amigo Emilio se acercaba a cebar unos mates. Cuando había días de mayor y mejor cosecha, que hacían necesaria más mano de obra, allí estaba Emilio para poner el lomo.

El patrón momentáneo, el Chungo, jugador de básquet y en esos momentos dirigente del Atlético Echagüe Club, sabía que el administrador del momento, Don Juan Laurencigch, andaba necesitando un refuerzo de personal en el club.

Así que allí Emilio tuvo su gran oportunidad de acercarse a la familia echagüense.

El día 10 de noviembre de 1980, Emilio se hizo presente en la puerta del club.

—Buenos días, Sr. Laurencigh, soy Emilio Riquelme, me manda el Sr. Butta.

—Sí, ya sé quién es usted. Butta ya me habló de un par de muchachos de aquella zona que podrían andar bien. Pase y se me ubica en la puerta y me deja pasar solo a los que presenten este carnet, ahhh… y con esta cuota al día; si no, no pasa nadie. Y la semana que viene lo probamos de sereno. Más adelante lo vamos a probar a su amigo Milocco.

—Sí, señor —contestó Emilio firme, como si Don Juan fuera el Comandante del ARA General Belgrano.

Así, desde ese día 10 de noviembre de 1980, ese joven de Oro Verde, alegre, hablador como él solo, contador de anécdotas, con mucha facilidad para hacer amigos, entró en la familia azul y negra como empleado.

Pero no cualquier empleado.

Desde ese día Emilio se puso la camiseta, de esas camisetas que no se lucen en las canchas y sí de las que se llevan en el corazón.

No practicó deportes en el club, pero fue puntal de todos ellos. Fue un motivador, un entusiasta de contagio permanente para que Echagüe siga ese histórico camino de crecimiento que él imitaba de sus jefes dirigentes.

Pero hay que decirlo con todas las letras: Emilio fue más dirigente que muchos dirigentes.

Con la altura de quien ama su trabajo, se vistió con esa coraza y ese escudo cuando, en los momentos difíciles del club, le puso el pecho, el compromiso y, fundamentalmente, los conocimientos de años de esfuerzo y sacrificio para que el querido Echagüe no caiga.

Y así lo hizo desde el momento en que Don Juan le abrió las puertas, pasando por andanadas de juicios y posibles remates, pandemias y conflictos que, desgraciadamente, los clubes tienen que batallar en esta bendita patria.

Emilio supo contagiar esa constancia a sus compañeros y compañeras de trabajo, a quienes siempre motivó para defender esa segunda casa de todos y todas llamada Echagüe.

Querido Emilio, fuiste un empleado muy necesario, pilar de la administración y organización de nuestro querido club; la eterna sonrisa recibiendo a los socios y socias. Fuiste un amigo de infinidad de amigos y fuiste un padre y un marido ejemplar, formando una familia maravillosa, orgullo y ejemplo en la institución.

Te extrañaremos, no te imaginás cuánto.

Como Socio, Amigo, Empleado, Gerente, no te despedimos. Solo con un hasta luego y hasta siempre, con ese título que a vos te hacía inflar el pecho: el de Almirante.

Porque en ese entrañable navío defendiste la patria grande, nuestra patria llamada Argentina, y desde esa altura nos enseñaste a defender nuestra pequeña y querida patria llamada Echagüe.

  • Prof. Gustavo Alfredo Piérola. Presidente, Atlético Echagüe Club.