Boxear para vivir: Jack Wilson (el otro Owens) y Charley Burley (el asesino negro)
Boxeo y dignidad humana durante el Holocausto, Los Juegos Olímpicos de 1936. Berlín y Barcelona.


La ingenuidad es una condición de los seres humanos, que normalmente convive con otros estados naturales. Y a riesgo de evitar su prevalencia, se trata de equilibrarla con dosis de percepción y suspicacias. Siempre es mejor que asi sea para evitar que finalmente la decepción se imponga.

Es por eso que no creo que debemos evitar mencionar la trascendencia e importancia que la actividad deportiva posee como vehículo transmisor de sensaciones populares y sociológicas. Son en definitiva elementos que confluyen a la formación del ser nacional, y de la nacionalidad misma. Lo dicho, nadie es ingenuo para no darse cuenta lo importante que tiene la competencia, sana, pero competencia al fin.

De hecho, es que los juegos de la antigüedad eran una expresión de pertenencia de las ciudades- estado, y cada atleta era ungido como un representante sublime que tenía la emotiva carga de desempeñarse como los dioses para satisfacer el orgullo de hombres.

Lejos habrá estado este análisis en mente de Pierre de Coubartein cuando, soñador, reimpulsó los Juegos Olímpicos como una forma de confluencia mundial. Tanto el cómo los demás representantes de los doce países originales seguramente pensaban en los sanos ideales deportivos.

Pero hay perversidades de otra índole. Y tal el caso del fascismo cuyas expresiones vieron de inmediato en el deporte (sobre todo el organizado, especialmente el olímpico y el fútbol) un apreciado camino de divulgación de sus ideas. Supremacía, racismo, xenofobia, miseria, segregación…todo eso podía demostrarse desde lo simbólico, desde el triunfo en el deporte.
Asi eran todas las deducciones que podían hacerse con relación a los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, bajo los albores del régimen nazi y la extensa plenitud de su maquinaria publicitaria.
Enorme infraestructura, modernas comunicaciones…todo preparado para la exposición de un régimen miserable ante los ojos del mundo. De hecho, que fue convocada para la filmación y registro de aquel evento la directora Leni_Riefenstahl generando productos propagandísticos de técnica cinematográfica destinadas a la divulgación ideológica.

Aun así y hasta en las instancias más críticas, el principio de acción y reacción funciona como una verdadera fuerza natural. Ante el avance implacable de los Juegos Olímpicos de Berlín se generó una reacción inmediata: las Olimpíadas Populares de Barcelona, a realizarse entre el 19 y el 23 de junio de 1936. Una respuesta a la exposición fascista, una demostración de valores superiores, una expresión diferente. Una competencia, en definitiva.

De la forma que sea, ambas contiendas ameritan puntos de abordaje y consideración. Modalidades, participantes y en definitiva el destino que la historia hubiese previsto necesitan de una revisión. Y, sobre todo, de un recuerdo.
Richard Strauss dirigió la orquesta que interpretó los himnos y las odas durante la apertura de los Juegos Olímpicos de 1936. Sucedieron en la ciudad de Berlín entre 1 y el 16 de agosto de ese año, lleno de controversias, récords y manifestaciones ubicadas en las antípodas de la moral deportiva.
Pero el otorgamiento de la sede de la ciudad había ocurrido mucho antes. Durante la reunión del comité olímpico del año 1931, se dispuso la realización de los Juegos en dicha ciudad. Confluían una serie de factores: Alemania intentaba retornar a la sociedad mundial después de la Primera Guerra, la ubicación geográfica, etc.
Pero el devenir de los sucesos políticos internos alemanes depararía otra cosa. El advenimiento del nazismo, las leyes de Nuremberg, medidas de instancia administrativa, orientaciones judiciales y una cultura emanada desde el poder moldeaban un contexto nefasto; en un primer momento para el deporte, finalmente para el mundo.
Se prohibía la participación de atletas judíos representando a Alemania, y se había sembrado una concepción de superioridad racial que implicaba (en ese momento) un inexorable destino: la barbarie.
Tal vez muchos serían los ejemplos atléticos a tener en cuenta en el desarrollo de estos Juegos (como Jesse Owens) pero nos centramos en el boxeo. Pero para el caso que nos ocupa bien podríamos decir de Jack Wilson, boxeador, gallo. Formaba parte de la delegación de Estados Unidos que participaría en la competencia. Nacido en 1918 era un joven de apenas 17 años cuando embarcó junto a su equipo para cruzar el océano y enfrentar el desafío de las múltiples escuelas de boxeo que se concentrarían allí.
La performance del equipo norteamericano no fue la esperada, para beneplácito de las jerarquías nazis que ambicionaban imponer sus boxeadores sobre todo en la categoría mayor de los pesos pesados. Ningún estadounidense logró destacarse o siquiera avanzar con algunas chances reales de triunfo.
Sin embargo, aun faltaba ver al joven Jack. Quiso el destino que su primer adversario fuera nada menos que un argentino, en este caso Leonardo Gula a quien derrotó por puntos. El boxeo argentino era por aquellos momentos incipiente de grandeza y este primer paso tenia una relativa importancia para el joven Jack.
Algo que se confirmaría progresivamente, cuando fueron quedando en el camino Petrone (Uruguay), Larrazabal (Filipinas) y Ortiz (México). Si bien los alemanes apostaban todo a su campeón en la categoría de peso pesado (un luego intrascendente profesional Herbert Runge) la actuación de Wilson generaba resquemores.
Mas allá de su juventud, su fortaleza y natural potencial había una cuestión ineludible: era afrodescendiente. Y por ese motivo Wilson fue objeto de hostigamientos permanentes e intensos.
Aun así, la marcha de su campaña continuaba adelante sustentada en sendos triunfos que lo acercaban a la cima olímpica. El día 15 de agosto de 1936 se produjo la final de peso gallo entre Wilson y el italiano Ulderico Sergo, obteniendo la victoria el italiano por puntos.
Pero a veces los triunfos tienen otro matiz. Porque la presencia de un atleta negro en el podio, durante esos momentos de segregación y supremacías, eran el símbolo propicio de la resistencia humana.
Afianzado el gobierno republicano español, y ante el avance del nazismo, el gobierno de España decide no asistir a Berlín. Y frente a ello también organizar una contrapartida deportiva, integral e integrada como multidisciplinaria.
En sintonía con la afinidad ideológica participarían delegados fabriles, miembros de organizaciones civiles, liberales, socialistas, rebeldes. Es cierto que la indignación frente al nazismo era notable como asimismo que los países (en general) tenían una postura relativamente critica. Pero también es verdad que ninguno de ellos apostaría a un boicot contra la organización internacional del Comité Olímpico ni tampoco, que la propuesta de los “Juegos Alternativos”, “Juegos Populares” o como se dieran en llamar fuera de una real seducción institucional.
Aún asi la propuesta se comenzó a llevar adelante. Deportistas de gran diversidad (en cualquiera de los ordenes que resulten pensados) decidieron asistir a la convocatoria. Una cantidad estimada en mas de 10.000 deportistas (todos antifascistas) poblaron las calles de Barcelona a la espera de las contiendas.
Tal vez sea una expresión anticuada y casi desvanecida de los registros. Pero vale la pena pensar la llegada de contingentes africanos (de países colonizados), judíos exiliados, obreros entusiastas, rebeldes embravecidos y orgullosos. A competir, a protestar, a dejar sentada una postura ante la inminencia del dolor.
Lejos de lo suntuoso de la organización alemana, hubo una ajustada logística. Comer en fondas y bares acogedores, alojarse en casas particulares. Pero bueno, bien se dice que es importante competir; y en este caso también protestar.
Pero no pudo ser. El comienzo de la guerra civil española terminó con aquel sueño, estallando un bombardeo de las fuerzas monárquicas que imposibilitaron cumplir aquel sueño.
Pero los hombres siempre buscan una salida, una alternativa, un escape. Como Charley Burley, boxeador. Su estilo era impresionante, su pegada mas aun y su fortaleza y determinación lo marcaban verdaderamente como un deportista diferente. Uno de Elite se dice ahora, un elegido podríamos decir antes. Rebelde, antiesclavista y por aquellos años victima del racismo de los Estados Unidos, no dudó en renunciar a participar de Berlín para acudir a Barcelona.
Cuando comenzaron los disparos y guerrillas, Burley no se comportó como un simple extranjero. La población civil se preparaba para resistir cualquier agresión monárquica y Burley entonces, tomó una pala y se puso a cavar trincheras y apuntalar barricadas. Resistencia se le dice.
Con el tiempo volvió a los Estados Unidos. Siempre fue esquivado por los campeones y boxeadores blancos temerosos de su técnica y la potencia de su pegada. Salió campeón mundial de la categoría negros, la forma en que aquel país organizaba a sus ciudadanos. En un momento y cuando su carrera parecía ya en la cúspide, enfrentó y venció por puntos nada menos que a Archie Moore. Aun asi, nadie le brindó nunca la oportunidad de pelear por el campeonato mundial. Su vida se opacó sin cinturón de campeón, pero en una especie de resarcimiento fue incorporado al Salón de la Fama hacia fines del Siglo 20.
Especial para Vía Paraná por Carlos Saboldelli.