Boxear para vivir: "Boxeo y dignidad humana durante el Holocausto"
Esta nota forma parte de una serie especial escrita por Carlos Saboldelli para Vía País, que busca rescatar historias, protagonistas y episodios que vinculan al boxeo con el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. En esta entrega, Max Baer y Buddy Baer, “Los Apolos judíos”, dos figuras cuyas historias trascienden el deporte para hablar de identidad, dignidad, resistencia y memoria. *

Los seres humanos parecieran poseer un natural sentido de la estelaridad. Una inclinación (¿diríamos natural?) que invoca las luces y los escenarios con ahínco y profundo deseo.

La estelaridad (un término que provine de estelar y que refiere a las estrellas) es una palabra metafórica cuya significación es la ubicación de alguien en el cielo, en el firmamento…tal como si fuera una estrella.

Encima de todos, por arriba, inalcanzable y hasta convirtiéndose en ideal. Así es la conformación de los grandes nombres de la historia universal y también, de la generación de émulos en forma constante e ininterrumpida.
Es más aun, la destacada acción de muchos protagonistas supera la altura de la estelaridad para convertirse en deidades, sean estas olímpicas o supra terrenales. Dioses…asi se los califica. Como si fueran Apolos en un mundo de simples mortales.
Pero sin tanta pompa ni exceso de expresiones, podemos aceptar la propuesta de viajar al Siglo XX y concretamente a los años ´30 y ´40 que es el momento en donde ocurren estos sucesos que habremos de intentar rescatar del olvido.

Porque la estelaridad de aquellos momentos no estaba exenta de los mismos reclamos que pueden parecernos contemporáneos: el compromiso de los campeones, de los destacados y fulgurantes con las ideologías, con la realidad, con el cotidiano de todos los días.
Y asi como hoy en día esos requerimientos surgen hacia deportistas del llamado “mundo fútbol” por ser por cierto el más popular de todos los deportes, en las mentadas décadas la popularidad estaba depositada en un cuadrado de menores dimensiones que una cancha de fútbol: el ring.
No es el propósito de estas líneas la comparación entre ambos deportes (lo cual para este cronista sería de imposible realización en caso de tener que tomar partido) pero si depositarnos en aquellos años, en la inminencia y desarrollo de la guerra y la barbarie. Y desde ese punto de vista, mencionar aquellas personas que aún a riesgo de la exposición, asumieron un compromiso.
El caso de los hermanos Baer
El box de las décadas iniciales del Siglo XX recién se apartaba de la barbaridad. Y lentamente, además, regulando despaciosamente las onzas de los guantes, la cantidad de rounds o algunas otras reglas elementales. Nada que impidiera justamente el ansia de estrellato y de llegar a la cima de la gloria deportiva.
Max Baer no era ortodoxo. Mas bien podría aventurarse que era un desordenado boxeador y que su historia se cimentó en una pegada letal. Letal se asocia con mortal y en este caso es verdaderamente cierto porque Max Baer cargaba con el antecedente de haber matado a dos de sus contrincantes, en ambos casos cuando la violencia de sus golpes provocó derrames cerebrales en Frankie Campbell y en Ernie Schaff. Cabe aclarar que ninguno de ellos falleció en el ring, pero si que fue a consecuencia de la potencia desmesurada de sus golpes que finalmente se produjo esa desgracia.
No obstante ello, como boxeador tiene otros hitos en su palmarés: la victoria por el campeonato frente al gigantesco friulano Primo Carnera y sobre todo el knockout ante el alemán Max Schmelling. Esto último, nada menos que ante el inicio del auge del nazismo.
Max Baer no era un mal sujeto, por el contrario, después de aquellos sucesos desgraciados participó activamente en la recaudación de fondos para la recuperación de sus adversarios y los visitaba con frecuencia. Pero después de Schmelling la cosa cambió.
El 8 de junio de 1933 se enfrentaron ambos en el Yankee Stadium. Ambos eran excelentes profesionales y prominentes boxeadores, pero algo cruzaba el ambiente político del momento y Max Baer no eludiría el compromiso.
Nacido el 11 de febrero de 1909 y siendo su padre judío, el enfrentamiento con el alemán lo llevó a reivindicar esa condición con una expresiva demostración: a partir de ese momento y en cada uno de sus combates llevaría una estrella de David en sus pantalones.
Asi lo hizo por el resto de su carrera y en todas sus peleas, incluyendo claro aquella contra el gran Joe Louis. Baer era extraordinario pero Louis era, fue y seguirá siendo el mejor de todos los tiempos. Tuvo chance, mínima…pero no pudo.
La carrera de Baer tuvo muchas vicisitudes, pero tuvo logros y glorias deportivas. La mentada pelea con Schmelling (ganó por KO), el triunfo de las once caídas frente a Primo Carnera y algunas otras cuestiones históricas y deportivas. Pero el ocaso es inevitable y por algún motivo, fue tentado para otra actividad de alta exposición: el naciente cine.
Es muy cierto que Max había sido un extraordinario boxeador y un temible deportista del ring, pero también es cierto que como actor carecía de los kilates suficientes para el histrionismo. Participó en varias películas donde resultó ineludible relacionarlo con un boxeador como por ejemplo en El púgil y la dama (1933) o Mas dura será la caída (1956) junto al inolvidable Humprey Bogart.
Falleció tempranamente a los 50 años en 1959.
Jacob “Buddy” Baer, el hermano menor
En 1934 Max Baer se consagra campeón mundial de los pesos pesados derrotando a Primo Carnera en una brutal pelea que fue ampliamente difundida y comentada por los medios periodísticos. Suficientemente inspirador para cualquiera, más lo sería todavía para su entorno mas cercano. Y concretamente su hermano menor Jacob, el apodado “Buddy”. Menor es un decir cronológico porque Buddy era un gigante. Nada de metáforas y todo de verosimilitud: media dos metros y pesaba 133 kilogramos. Atemorizante de verdad.
Pero la genética y la naturaleza tienen esas cosas. Buddy era un gigante, una mole impresionante de pura masa muscular…pero sus habilidades boxísticas eran mucho menos que las de Max. Sin dudas, el talento había sido para el y no para su hermano menor.
Buddy Baer, de todas maneras e influenciado por su hermano ilustre se lanzó al ring con hambre de gloria y animo de victoria. Resultados diversos, rivales heterodoxos, cronogramas agitados y una cantidad fabulosa de contrincantes fueron llevándolo hacia los lugares importantes del ranking y una posibilidad muy cierta: enfrentar al campeón del mundo.
No digo que Baer careciera de posibilidades o que sus méritos boxísticos no le permitirían ese desafío. Pero también hay que reconocer que se enfrentaría nada menos que al mejor de todos. Si, nuevamente Joe Louis.
No hubo milagros ni sorpresas: dos knockouts seguidos. Fin de la carrera deportiva de Buddy y comienzo de su experiencia cinematográfica.
Y aquí sí, en el cine es donde Buddy supera a su hermano Max. No solo en la cantidad de películas filmadas sino también en la diversidad e importancia de los roles y papeles que le iban asignando. Así es que épicas, westerns e históricas fueron muchas de las películas con su participación y es ampliamente recordado por interpretar a Ursus, en la legendaria película ¿Quo Vadis? de 1951.
Pero no es esto una crónica. Es el lugar para decir que Buddy (tanto como Max) usaba también la estrella de David en su indumentaria deportiva. Un símbolo, fuerte y arriesgado en años de desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.
Crónica para el final
Tanto Max como Buddy tuvieron sus momentos de exposición. Y también claro está la porción de estelaridad que a veces suele salpicar a cualquier mortal. El boxeo primero y el cine después se transformaron para ambos en sendas plataformas que permitieron su reconocimiento y consideración en el público y también en el ámbito que la historia asi decida.
Sin embargo, tanta estelaridad deportiva y tanta opulencia cinematográfica nunca fueron suficientes para opacar aquel significativo pequeño gran gesto: reivindicar su ascendencia con un símbolo, tan poderoso como aquellos demoledores puños.
En tiempos donde muchas veces pareciera que nadie recuerda, que muchos aspiran a forzar los olvidos con ánimos de inminente reincidencia, los símbolos y las resistencias a las amenazas barbáricas siempre serán bienvenidas.
- Por Carlos Saboldelli