Su nombre es Diego Arreseigor, desembarcó como Teniente en Malvinas a los 23 años, armó minas y tuvo que desactivarlas al final de la guerra. Así encontró el casco del soldado inglés Alexander Shaw.


Diego Arreseigor no conoció Monte Longdon en combate. Como oficial ingeniero, habían trabajado en el minado de los campos. Al caer prisionero, fue parte de un equipo comisionado para levantar las minas. Fue así que llegó a un antiguo puesto sanitario británico, donde entre las rocas halló un casco británico manchado con sangre. Lo tomó para él, e hizo lo imposible para que no se lo quitasen al regresar a continente. Cuenta que estaba tan flaco que nadie advirtió el “tesoro” que se estaba llevando.

Diego Carlos Arreseigor sentado en el centro, con su batallón durante la guerra de Malvinas-foto cortesía de Diego Arreseigor

En aquel entonces era Teniente de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10 y tenía 40 soldados y 5 suboficiales a su cargo. Su misión había sido poner minas. Al finalizar la guerra, el 14 de junio de 1982, los ingleses lo tomaron prisionero y lo obligaron a quedarse, junto a otros, para desarmar los campos minados que habían puesto. En esos recorridos por los campos que debía desminar, encontró el casco de un mecánico inglés al que empezó a buscar tres décadas más tarde.

En sus 30 días como prisionero de guerra al servicio de los ingleses para desarmar las minas le tocó ir a Monte Longdon, donde había peleado en uno de los combates más terribles de la guerra. Murieron ingleses y argentinos por igual en una batalla que comenzó con armamento pesado y terminó cuerpo a cuerpo, con bayonetas.

Unidad de soldados argentinos enterrando minas durante la batalla de Mount Longdon-foto cortesía de Diego Carlos Arreseigor

Mientras recorría la zona minada y desolada, fue encontrando rastros de bengalas, vendas, máscaras, jeringas y equipos de los ingleses que le recordaron esa noche infernal entre el 11 y 12 junio de 1982. Le llamó la atención un casco porque llevaba en su interior un nombre escrito con tinta: “A. Shaw“. Pero en ese momento no pensó en la historia que había detrás de ese nombre, sino que vio el casco como un trofeo de guerra.

“Cuando vi estas cosas que pertenecían a los ingleses, busqué la forma de distraer a los soldados que nos vigilaban y fui guardándomelas. Yo era muy flaco, así que todo lo que juntaba, lo metía entre la campera y mi cuerpo y, a la noche, lo escondía entre mis cosas. No sabía bien cómo me las iba a arreglar para llevármelas, pero ¿qué tenía que perder?”, dice.

Traer su botín de guerra no fue tarea fácil. Una noche, los ingleses les dijeron que guarden todo porque embarcaban al continente. Su tarea ahí había terminado.

“Yo tenía que ver cómo romper el orden sistemático que tenían para revisar nuestras cosas. Empecé a rondar a los guardias y empecé a distraer a uno con un poco de charla. Era muy tedioso el trabajo de revisión y ellos también estaban cansados. Al verlo aburrido, le pedí que aprovecharámos el tiempo y me revisara, así adelantaba. Accedió pero, a medida que sacaba las cosas de mi bolso, yo las acomodaba tranquilo en las estanterías. Vació el bolso, lo dio vuelta y me ordenó que volviera a guardar todo. De esa manera, disimuladamente, volví a meter mis cosas y mi botín. Al llegar a la puerta, me pararon, me miraron, me preguntaron quién me había revisado y cuando lo confirmaron, me dejaron ir. Caminé despacio hacia el lanchón que nos llevaba al barco que me sacaría de las islas para siempre”, recuerda.

Al regresar de la guerra, Diego Arreseigor siguió con su vida y su carrera militar y se anotó como voluntario para ir a donde sea, desde Yugoeslavia a Centroamérica.

Cuando vuelve a Argentina, vuelve el tema a su memoria. “En el 2006, empecé a googlear su nombre para ver si lo encontraba. Algo había cambiado en mí y quería devolvérselo. Me alegré cuando encontré su nombre en un blog de la Brigada 3 de Paracaidistas. Estaba en una lista de veteranos de Malvinas y ahí confirmé que la A era de Alexander. Pero también confirmé que había muerto en la batalla de Monte Longdon, donde había encontrado su casco. Se me vino el alma al piso. Leí que tenía un hijo de tres años cuando zarpó a las islas y, a pesar de que nunca quise saber nada con los ingleses ni con ir a Inglaterra, decidí llevarle el casco de su padre“, cuenta.

Craig, el hijo de Alexander Shaw, era difícil de encontrar. Recién hace unos meses, con la ayuda del Coronel Jorge Zanella, del Departamento de Veteranos de Guerra del Ejército, Diego Arreseigor pudo contactar a la familia de Shaw, sobre todo con su hermana.

“Me enteré de muchas cosas más sobre él: que nació en Cosby, un pueblo a 140 km de Londres, que la escuela a la que asistió puso una placa en su honor, el bar al que le gustaba ir a tomar cerveza. Era uno más como cualquiera de nosotros. Tenía apenas dos años más que yo y le tocó morir ese día, casi al finalizar la guerra. Sus restos están en el cementerio de su pueblo, tal como había deseado antes de partir a Malvinas”, cierra su relato Arreseigor.





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