El 22 de agosto de 1984, argentinos e ingleses se enfrentaron en la tradicional Copa Joan Gamper de España, donde se especulaba con una posible batalla campal entre ambos equipos.


El 22 de agosto de 1984, a poco más de un año y medio del final de la Guerra de Malvinas, argentinos e ingleses volvieron a verse las caras, aunque esta vez dentro de un campo de juego en el marco de la tradicional Copa Joan Gamper de España, donde se especulaba con una posible batalla campal entre ambos equipos.

Boca Juniors y Aston Villa dirimían el tercer puesto, ya que habían caído en sus encuentros del día anterior contra Barcelona, equipo local y organizador del certamen, y Bayern Munich de Alemania, respectivamente. El Xeneize había sufrido una estrepitosa goleada por 9-1, la peor derrota internacional de su historia.

Pero no importaba tanto la recuperación futbolística de un alicaído Boca -que unas semanas antes parecía haber tocado fondo cuando salió a jugar un partido por el torneo Metropolitano con camisetas pintadas con un marcador-, como el sentimiento de venganza que imperaba previo al primer choque de la post-guerra.

“Lo de Barcelona se olvidó rápidamente porque había sido un partido atípico, llegamos a jugar casi sin dormir y encima tuvimos expulsados. Pero lo del Aston Villa tuvo otra trascendencia, porque era la primera vez que nos volvíamos a ver con los ingleses después de Malvinas“, recuerda Roberto Pasucci, ex mediocampista ‘xeneize’.

Roberto Pasucci

La charla técnica del entrenador de Boca, Dino Sani, apuntó precisamente a “desmalvinizar” el encuentro: “Esto es fútbol, no traslademos una guerra al campo de juego, ganemos como corresponde y juguemos”, enfatizó a sus dirigidos.

“Pero internamente había bronca y muchas ganas de ganarles a los ingleses“, responde Pasucci, a 35 años de aquel encuentro que no pudo jugar por haber sido expulsado ante Barcelona el día anterior, luego de una fuerte patada a Bernd Schuster.

En Buenos Aires, Carlos Gabriel Retamozo, soldado conscripto de la categoría 1962, ni siquiera se enteró de aquel encuentro. Hincha de Boca y admirador del “Loco” Hugo Gatti, por esos días jugaba otro “partido”.

“En el ’84 andaba re loco, mi cabeza estaba en otra dimensión como la de muchos compañeros que regresaron de Malvinas. En aquella época no había tratamientos ni ayuda, somos un país que no tiene cultura de guerra. Recién volví a prestarle atención al fútbol en el Mundial del 86, cuando le ganamos a Inglaterra”, relata Retamozo.

“En el mismo momento en que Maradona hizo su mejor gol ante los ingleses, dije: ‘Si algún día tengo un hijo varón, le voy a poner Diego'”, recuerda.

A sus 57 años, Retamozo reconoce que su gran fortaleza para salir adelante fue “nunca dejar de trabajar” como cerrajero, actividad que ya realizaba a los 17 años cuando fue convocado para el servicio militar obligatorio, que ocho meses más tarde lo depositaría en la Península de Camber, un sector clave de las Islas Malvinas para la defensa de Puerto Argentino.

“Fui como fusilero, bien al frente; soldado de primera línea, como le dicen. Aguantamos en nuestra trinchera todos los embates aéreos que se producían durante el día y los ataques navales, durante toda la noche. Así y todo combatimos con muchísimo valor. Creo que estoy vivo de suerte“, admite ‘Carlitos’, quien hoy tiene su propia cerrajería en el barrio de Caballito.

Lejos del morbo y las especulaciones, el partido entre Boca y Aston Villa fue por demás correcto, casi no hubo llegadas al arco y mucho menos jugadas violentas entre los futbolistas.

El ‘Xeneize’ se quedó con el tercer puesto, merced a los goles de Carlos Mendoza y el uruguayo Fernando Morena, ambos en los últimos minutos del encuentro.

Las cosas que pasaron después de Malvinas fueron muy feas. Por ejemplo, me ponía de novio y cuando al tiempo contaba que era un ex combatiente, dejaban de salir conmigo. Hubo una chica que me llegó a contar que su madre le había prohibido nuestra relación porque le daba miedo. Fue muy duro”, rememora Retamozo.

Actualmente, ‘Carlitos’ atiende su propia cerrajería. Su hijo de 19 años, Diego (como Maradona), también trabaja en el negocio familiar. Donde sea que vayan se trasladan en una camioneta ploteada con una gran imagen de las Islas Malvinas y una leyenda: “Fueron, son y serán argentinas”.





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