Dramas, hubo de sobra en la vida de Florencia Maggi. Vedette y actriz, bailarina y figura erótica de la noche, habitué de chismes y polémicas. Pero también instructora de yoga, terapeuta floral y feriante de ropa en una feria hippie de Córdoba. Todo convive en la biografía de esta mujer que, de un momento a otro, decidió dar un volantazo, borrar su etapa mediática y cerrar esa puerta para siempre.

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La temporada en febrero 2014 estaba en ebullición y el teatro de revistas vivía su apogeo, convertido en una usina de excesos y tentaciones. En ese escenario, Fede Bal se movía sin discreción, disfrutando del clima festivo a toda hora. Y en medio de ese descontrol apareció Florencia, como salida del mar.

Rubia y con 29 años, Maggi se instaló ese verano en el radar del mundo del espectáculo como una de las mujeres con las que el hijo de Carmen Barbieri se mostraba cariñoso en la playa. Cordobesa de nacimiento, aunque radicada en Buenos Aires desde los siete años, Florencia había desembarcado en La Feliz con ambiciones claras: ocupar un rol secundario pero prometedor como Lily, la vecinita de Clavado en París, junto a René Bertrand y Lorena Paola.
Tenía los pergaminos necesarios para moverse con soltura en el terreno del chimento. Había sido bailarina de Pasión de sábado, acumulaba un historial sentimental breve pero ruidoso, incluido un romance fugaz con el Ogro Fabbiani, y arrastraba un “lado B” que despertaba curiosidad. Según publicó el diario Muy en 2012, Maggi había sido la principal figura de Passapoga, un reconocido cabaret chileno.
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Pero, según relatan las crónicas de esa época, fue Fede Bal quien “la descubrió” durante una fiesta. “El hijo de Carmen Barbieri disfruta del verano en compañía de dos bellas señoritas: la actriz Florencia Maggi y la bailarina Florencia Marcasoli”, señalaban en la revista GENTE, bastante antes de que el concepto de poliamor estuviera en boca de todos. “Estamos los dos solos, sin compromisos, y lo único que importa cuando estamos juntos es que tenemos un vínculo super lindo, nos divertimos, nos mimamos. Somos muy parecidos porque vivimos el día a día”, explicaba Flor.
En aquel verano, Flor atravesaba el presente con liviandad y agradecía la visibilidad que Bal le había dado. “No le haría una escena de celos, es lo que menos necesita. Lo adoro. Más allá de unos besos y mimos, estoy con él, poniéndole la oreja”, decía. Sin embargo, el vínculo se diluyó junto con el final de la temporada y, en mayo, Maggi definía en Paparazzi que “eso” había sido “un amor de verano que quedó en el tiempo”.

Ya entonces empezaba a asomarse el giro que Florencia daría hacia una vida más espiritual. Lo vivido en el ambiente artístico le había alcanzado para sacar conclusiones propias. “Hay que tener talento, un poco de suerte y mucha valentía, porque el medio es muy cruel, en cuanto a las colegas y a lo mediático también. Hay cosas que no comparto, pero a las que a veces hay que sumarse porque estás expuesta. Son las reglas del juego. Por eso yo me corro y estudio metafísica, medito, hago cosas espirituales”, reflexionaba Maggi.
Aun así, tiempo después volvió a quedar en el centro de la escena de la manera más polémica. En 2016 aseguró estar embarazada de Matías Alé, cuando el actor atravesaba la recuperación de un brote psicótico con delirio místico y poco podía decir públicamente. Florencia, en cambio, recorrió distintos programas, posó acariciándose el vientre y sostuvo que había salido varias veces con el ex de Graciela Alfano.
“Cuando Matías salga y pueda hablar a solas con él, veremos cómo nos manejamos. Voy a pedir un ADN. Estoy desesperada porque no es que estaba en pareja con alguien normal. Es Matías Alé; está en una situación complicada”, afirmaba Florencia en una de sus tantas notas con Paparazzi, visiblemente angustiada, mientras posaba para las fotos con lencería rosa “por si era nena”. Incluso ya tenía un nombre elegido: Alma.
Mientras Maggi repetía que estaba “muy deprimida” por ese embarazo inesperado, aseguraba que quería “muchísimo” a Matías y que lo aguardaba cuando saliera de la clínica psiquiátrica “para contarle” la noticia. Sin embargo, el círculo íntimo de Alé sostenía que no la conocían y que el actor jamás les había mencionado su existencia. No se equivocaban. Meses más tarde, en Intrusos, se destapó la verdad: el embarazo nunca existió. Había sido una farsa total. Según se reveló, todo habría sido orquestado por su representante, que además era su pareja.


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Antes de que ese escándalo saliera a la luz, Flor ya se había corrido del foco mediático. Desapareció sin avisar. Dejó de saberse de ella. Retomó el apellido original de su documento: Maggio. Se instaló en Traslasierra, Córdoba, donde actualmente da clases de yoga, trabaja con Flores de Bach y vende ropa en una feria hippie. Un estilo de vida que siempre la había seducido en paralelo a su etapa en los medios. “Estudié instructorado de yoga y estuve dando clases personalizadas de eso. Tengo a varios famosos, como Evangelina Anderson, de alumnos”, contaba.
Hoy, madre de un nene llamado Krishna, lejos del ruido y en plena sintonía con su costado zen, Flor Maggio se muestra más radiante que nunca en las imágenes que comparte en Instagram. Cada fin de semana vende sus prendas batik en la Feria de Villa de las Rosas. El nombre de su emprendimiento resume su recorrido: Alma Libre.
