Jugó en la primera de River, hizo un hit cumbiero, pasó por un reality y ahora brilla en la cocina
Pasó por la primera de River, se animó a tocar en una banda y participó en Masterchef 2015.Hoy brilla entre ollas y sartenes.


Sebastián Ablín hoy tiene 53 años, pero su recorrido en el fútbol comenzó muy temprano: a los 14 ya jugaba en el Instituto River Plate. Su progreso fue vertiginoso. Cerca de los 16 años alcanzó la Tercera división, dejando etapas en el camino, y a los 18 debutó en Primera. Todo se dio de manera casi inesperada.
“Fue muy rápido, no me costó mucho esfuerzo. Cuando estaba inspirado, lucía. Siempre me probé de 10 o de 8. Generalmente en inferiores, y más en esa época, en donde se necesitaban marcadores de punta ofensivos, a los que iban como volantes se los retrasaba. Ahí conseguían buena salida y también lugar para dejar a los más habilidosos. Así que me retrocedieron y bueno, entré”, explicó mediante una entrevista con La Nación.

El golpe de suerte que terminó de impulsarlo ocurrió cuando el lateral derecho titular de su categoría no pudo presentarse a un entrenamiento porque estaba de viaje de egresados. Sebastián ocupó su lugar en esa práctica y tuvo un rendimiento sobresaliente ante la mirada de Alejandro Sabella, que por entonces era el entrenador de la Reserva. Le gustó lo que vio y lo incluyeron en la pretemporada de verano. En ese momento, la Primera estaba bajo la conducción de Daniel Passarella.
“En ese momento me bajó el santo y bueno, jugué muy bien. Los dos marcadores de River, tanto [Carlos] “El Loco” Enrique y [Fabián] Basualdo, iban a la Selección (campeona en Chile 91). Como ellos viajaron, se me dio un espacio, y yo lo aproveché rápidamente. Llegué al toque. Debuté contra Racing, ganamos 1 a 0”, recuerda.
Además, tuvo la oportunidad de jugar frente a Boca, en un equipo que contó con figuras como Jorge Higuaín, Ramón Medina Bello, Juan Amador Sánchez, Gustavo Zapata, entre otros.
Su carrera prometía, pero ese momento futbolístico fue breve. Algo no terminaba de convencerlo. Sobre la época comenta: “Era otro fútbol, eran otros códigos. No había tanta igualdad entre los más jóvenes y los más grandes. Tenías que ser más sumiso a los grandes ‘caciques’”.

Pero no fue eso lo que lo llevó a alejarse. O, al menos, no fue solo eso. Pone énfasis en el nivel de competencia y en la percepción que había, y a veces todavía persiste, del fútbol como una especie de “salvación” económica, una mirada casi maniquea: o se carece de recursos para acceder a la salud y la educación, o el fútbol te lo da todo, la posibilidad de ayudar a la familia, de comprar la casa. El deporte como vía hacia el bienestar: “Esa sensación, si uno no está convencido, se vuelve una presión muy grande”.
A ese agobio se le sumó una lesión. Tuvo que operarse del menisco y estuvo casi un año sin jugar. Cuando volvió, lo hizo por poco tiempo, hasta que decidió alejarse del fútbol para siempre. “Cuando volví me seguía encontrando con desilusiones constantes que no soporté. No me gustaba, la pasaba muy mal en los vestuarios. No me sentía pleno. Jugaba bien, pero había algo que nunca me cerró”, relata.
Con la frustración en el fútbol, su vida dio un giro inesperado, y fue allí donde decidió cambiar de rumbo: la música.
La música, en cambio, le daba libertad y lo hacía sentir diferente: “Ni hablar del ambiente, para mí fue mucho más ameno y grato que el de la competencia tan fuerte. En la música sigue habiendo competencia, pero mucha es con vos mismo, que ya es otra cosa. Podés tocar solo, podés tocar acompañado, tiene unas variables enormes”.
Su primer gran momento llegó cuando se sumó al grupo de cumbia Los Chakales. Tenía un conocido en común que tocaba en otra banda, Vagantes Nocturnos. Gracias a ese contacto, se presentó a un casting y quedó. Ensayó “los pasitos” de las canciones y lograron un gran hit que todavía suena: “Vete de mi lado”. Tocaban casi todas las noches frente a 4.000 o 5.000 personas por evento. Sin embargo, después de seis meses lo echaron; él no se conformaba con las condiciones: “Me quise poner reglamentista y me dijeron: ‘Que te vaya bien’”, recuerda.

Unos años más tarde, junto a sus hermanos Manuel y Santiago, tuvo una nueva idea. Inspirados en el grupo inglés Stomp, crearon una banda performática que interpreta música con objetos cotidianos: El choque urbano.
En 2015, además, participó del reality Masterchef. Una vez más, su aparición fue fruto del azar, similar a su ascenso en River: El Choque Urbano iba a hacer una presentación en Masterchef Junior, así que se reunieron con los productores. Vieron fotos de los nuevos participantes, y uno de sus hermanos preguntó si estaba abierto el casting. Ya lo habían cerrado.
“‘Él quiere hacer el casting’, dijo, y me señaló. Entonces el productor me preguntó, y bueno, yo con la idea de que el sí siempre suma más que el no, dije que sí. Y terminé participando del programa sin haberlo visto antes. No sabía ni cómo era, que te daban tanto en el ego. Juegan con la emoción, pero bueno, uno sabe que va a un reality. Uno viene de la casa, donde siempre está contenido, te dicen que cocinaste rico, que te salió bien el asado… y ahí te sacan un poco del eje. Son las reglas del juego”, explica.

Le iba bien; había entendido ese juego. Era creativo y, además, “tenía problemas divertidos”, y sabía que eso, tener problemas, lo acercaba más al público que hacer un buen plato. No ganó, pero avanzó bastante: participó de 14 programas en los que empezaron compitiendo 20 chefs.

Al fútbol ya no juega más. Sufrió artrosis de cadera y estuvo seis o siete años con una renguera progresiva a causa de esto; hace dos años se operó. Ahora está recuperando la movilidad, intentando caminar y trotar.