Creo que encontré mi impronta, expresa el autor de El loco y la camisa, boom del teatro independiente, y director de El pequeño poni, ambas en el teatro El Picadero. Siento que ahora tengo más visibilidad y otra responsabilidad. (De La Razón)


Por Javier Firpo

Después de “El loco y la camisa”, obra que lleva nueve temporadas consecutivas, la consideración hacia su autor y alma mater cambió radicalmente.

Hoy el autor y director Nelson Valente, una de las plumas más atractivas del teatro off, es de los directores más sensibles, que saben qué retratar en escena. Sucede también con “El declive” y con la nada alternativa “El pequeño poni”, espectáculos de alto vuelto.

A partir de su consolidación y consagración, indudablemente, la visibilidad de Valente es otra. Aunque él, dueño de un perfil bajo, lo toma con pinzas: “En principio, siento que me cambia en términos de responsabilidad.

Después del suceso vivido con ‘El loco…’ es difícil estrenar un espectáculo sin pensar en que genere expectativas. Por otro lado, noto que se me abre un abanico de posibilidades respecto de los proyectos o espacios donde poder desarrollarlos.

Ahora estoy trabajando mucho con el teatro El Picadero (allí estreno ‘Jugadores’ el año pasado, y en la actualidad se exhiben ‘El loco…’ y ‘El pequeño…’).

¿Creés que ya encontraste tu impronta teatral, ésa que tanto cuesta?

Me parece que sí. Siento que si el programa no dice mi nombre, igual se podría notar cuando un espectáculo es mío. No sé decirte si esto es bueno o malo -se mata de risa-.

Viendo tus obras se advierte una inquietud con el tópico familiar. ¿Hay alguna explicación, o sólo es un gran tema para llevar a escena?

No tengo muchas explicaciones al respecto, sólo puedo decir que es un tema que me interesa. Vengo de una familia de la que sólo se puede salir bien parado dedicándose al teatro.

Supongo que eso debe de tener algo que ver. Las familias me convierten en espectador al instante, ya sea en la calle o en una comida de domingo.

Me gusta observar lo que ocultan, los verdaderos sentimientos, la violencia contenida, las diferentes formas que tienen las personas de permanecer juntas, las agresiones directas y encubiertas.

¿Qué denominador común les encontrás a “El loco…”, “El pequeño…” y “El Declive”?

Las tres comparten, por ejemplo, la dificultad a la hora de comunicarse cuando se enfrenta un conflicto. “El loco…” y “El poni” hablan de las diferencias, de la otredad, de cómo nos asustan las personas que no se ajustan a la norma. De ser parte o no de la manada. En “El declive” se habla más de lo que queríamos ser y lo que terminamos siendo.

Días atrás Javier Daulte nos decía que “los actores, antes que actores, son personas”. Yo le preguntaba por la diferencia de dirigir y darle indicaciones a un actor menos conocido y a otro convocante. Te pregunto ¿có- mo es dirigir a un Alejandro Awada y a un Julián Paz Figueira, o a una Lide Uranga?

Creo que la mayor diferencia consiste en que trabajé con los actores de mi compañía muchos años y el primer susto fue dirigir actores que no me conocían. Como dice Daulte, una vez que entendés que somos personas y tenemos las mismas inseguridades, todo resulta mas fácil y los procesos son parecidos.

O sea que no cambiás…

Yo trabajo con las mismas herramientas, siempre. Tratando de pensar cómo generar el marco para que se sientan lo mas cómodos posibles para hacer su trabajo. Eso implica un montón de cosas desde la dirección y las indicaciones hasta el trabajo con los otros integrantes del equipo. Creo que los que estamos afuera del escenario tenemos que hacer lo posible para que ellos estén cómodos y tranquilos.

¿Nunca apareció el Nelson Valente intérprete?

Yo empecé actuando y lo hice entre los 17 y los 24 años, después fui asistente de dirección hasta que me dediqué a escribir y a dirigir. Luego de un buen tiempo sin hacerlo volví a actuar pero ya no era lo mismo. Sentía que actuando aparecía la faceta del director todo el tiempo mirando desde afuera.






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