Marcelo es de Villa Mercedes y estudia para ser profesor. En su tiempo libre ayuda a otros a entender ecuaciones y resolver problemas. 


Marcelo Salas es un villamercedino de 35 años que estudia el profesorado de matemáticas en el Instituto de Formación Docente y Continua (IFDC). En su tiempo libre se instala en la plaza Sarmiento, de la ciudad vecina a la capital puntana, y con una pizarra enseña matemáticas a chicos y chicas que no pueden pagarse un docente particular.

El hombre se viste rockero, con tatuajes y pelo largo; rompe completamente el estereotipo de un profesor de matemáticas, y eso a él no le importa. Lo que si le interesa es ayudar a otros a entender ecuaciones y resolver cuentas.

Explicó que tomó dicha iniciativa porque: “Muchos conocidos me decían que algunos profes cobran precios imposibles de pagar por preparar materias, más en esta época en la que está muy duro todo”, contó.

“Primero había pensado en dar clases a la gorra, pero si alguien no tiene para colaborar se puede sentir cohibido, entonces decidí hacerlo igual para todos”, explicó a El Diario de la República

Marcelo está por empezar a cursar el tercer año y enseñar también le aporta una buena experiencia para su futura profesión: “Acá vienen chicos de todas las edades, desde primer grado hasta universitarios, inclusive personas adultas que no han terminado el primario. Vas viendo las realidades, que son todas diferentes. Cuando uno se enfrenta al alumno no sabe con qué se va a encontrar, con qué historia de vida viene esa persona”.

Salas además de su pasión por la matemática es un músico de alma, toca la guitarra y canta en una banda de trash-metal llamada ‘Torturador’, que lleva casi diez años de existencia. Siempre más volcado hacia las humanidades, sus gustos cambiaron cuando nació su hijo Demian en 2007 y empezó a trabajar en diversas fábricas. “Se empezó a poner duro porque me pedían formación técnica. Entonces estudié y me recibí de Técnico Superior en Tecnología Industrial. Ahí me di cuenta que tenía facilidad para las matemáticas. Nos juntábamos a estudiar y yo les explicaba a mis compañeros”, recordó.

“Noté la satisfacción que sentía al ver que mis compañeros aprobaban con mi ayuda. Eso me pasa hasta el día de hoy. Que un chico pueda resolver algo que creía imposible y que venga y me diga ‘gracias’, para mí vale más que cualquier dinero, es como tocar el cielo con las manos”, expresó contento. 

Todas las tardes y algunas mañanas lleva sus conocimientos y su amor por la docencia, y espera a sus alumnos ocasionales. Decidió usar la plaza a falta de un espacio propio y, a la vez, como un “lugar neutro”, que es visible para todos. “Las matemáticas no son fáciles de digerir para todo el mundo. Por eso tengo mucha paciencia y les digo que no me molesta que me pregunten todas las veces que sea necesario”, dijo, y contó que las ecuaciones y las operaciones con fracciones son lo que más le cuesta a la mayoría.

Actualmente, Marcelo no tiene un empleo estable y se las rebusca con trabajos de electricidad. Aún le faltan al menos dos años para finalizar la carrera y recibir el título de profesor, pero la vocación por enseñar ya la lleva adentro.




Comentarios