En la provincia se realiza la 32 Fiesta Nacional del Teatro. En ese marco, la maestra de actores abre su corazón en una entrevista. 


La actriz y maestra de actores Gladys Ravalle es la gran figura femenina del teatro mendocino a partir de su debut en los escenarios en 1961 y sigue con energía en la escena luego de más de cinco décadas que vivió con intensidad y por la que recibió numerosos premios y homenajes locales y en otros países.

Ex Reina de la Vendimia, viuda del prócer teatral mendocino Cristóbal Arnold y madre del director Juan Comotti, es maestra de los más sonoros nombres del actual teatro cuyano y fue, junto a Ernesto Suárez, encargada de inaugurar la Fiesta Nacional del Teatro 2017, que cierra el domingo.

“En realidad, me subí un día al escenario por jugar, con mis compañeros de Bellas Artes, y no me bajé más, es muy sencillo, incluso no tenía maestros porque no estudié nunca teatro; así es como sigo jugando hoy. Yo me formé como Maradona, en el potrero”, apuntó en diálogo con Télam, en la casa del departamento de Guaymallén donde transcurrió toda su vida.

-¿Qué fue lo que la convenció de que el teatro era lo suyo?

 -Yo creo que la decisión de ser actriz tuvo que ver con la pareja. Nos enamoramos con aquel director de teatro y actor maravilloso que fue Cristóbal y eso definió todas las tendencias que yo tenía por todos lados porque pintaba y bailaba y no me decidía por nada, a pesar de dormir cuatro horas durante 15 años. Porque me iba de un trabajo al otro y de noche a ensayar; fue una vida muy intensa con respecto a mi formación en varias cosas.

-Imagino que en todo ese tiempo habrá habido felicidades e inconvenientes.

-Durante la dictadura, para no morirme de angustia y desesperación, ya que a nosotros nos aplicaron la “ley de seguridad” y nos echan de la Municipalidad, ya que esa ley contemplaba que éramos pasibles sospechosos de “actividad subversiva” por nuestro trabajo en teatro. Nos cerraron la sala que hoy es el Teatro Julio Quintanilla y los dos fuimos a parar a la calle.

Para no morir de la desesperación me pongo a hacer algo muy difícil que yo consideraba imposible, que era estudiar alemán, porque ya había hecho “Madre Coraje” y “Terror y miserias del III Reich”, de Bertolt Brecht. Y un día antes de cumplir los 40 me ofrecen una beca para irme a Alemania. Y entonces voy a un teatro brechtiano de Alemania Federal, pero a los dos días de estar allí cruzo el Muro y estoy frente a uno de los acontecimientos más grandes de mi vida, que fue cuando vi el cartel del Berliner Ensemble, como haber llegado al cielo.

-¿Cómo fue su experiencia allí?

-Al entrar al café de los actores de esa sala, donde me hicieron sentir en casa desde el principio, me siento en una mesa donde había una enorme foto de Helene Weigel, la segunda esposa de Brecht y conductora de la sala, ya fallecida, como recibiéndome personalmente.

A los dos minutos vino un actor y me dijo “¿Usted es Cipe Lincovsky?””No, no soy Cipe, pero soy de Argentina también”. Él hablaba un poco de español y luego se acercaron muchos actores y desde ese día tuve mi palco para ver allí todo lo que quisiera a la hora que se me ocurriera. Eso fue para mí un aprendizaje profundo, porque vi dos obras diarias durante un año y medio.

Todo eso continuó hasta la actualidad porque viajo a dar clases sobre Brecht y ahora las doy en español para que se esfuercen ellos en entenderme a mí, tanto en Suiza como en Alemania. Es que la vida es muy graciosa; cómo te lleva y te trae, te pone y te saca.

-Quiere decir que en ningún momento descuidó los escenarios.

-Nunca he dejado de hacer teatro; en este momento estoy ensayando una obra preciosa de un colombiano, “Me mato el 24”, con dirección del hijo de Cristóbal y mío, Juan Cristóbal Comotti, y para mí tiene un gran valor porque es un intercambio con Colombia que vamos a presentar en Mendoza y espero que seamos invitados a hacerla allá, ya que vamos y venimos continuamente.

-Ya que usted es muy conocida por el medio teatral cuyano, ¿cómo es su vida cotidiana en la ciudad y en los lugares públicos?

-El domingo fuimos a la montaña y allí en Cacheuta hay un lugar de artesanías muy bonitas, con el río allí al lado, y me dice un chico “¡Todos los actores vienen acá! ¡Qué bien, Gladys, qué interesante”. Y una señora desde un auto me grita: “¡Gladys! ¡La única, la grande!”, y así, es como vivir en el corazón de la gente. No sé en qué momento me gané ese lugar pero la gente me mira en el colectivo y en la calle y no sólo eso: me llaman Gladys, como si formara parte de sus vidas.






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