Sin presupuesto propio y las crisis culturales, subsisten gracias al trabajo desinteresado a falta de una política de Estado.


En Mendoza hay 50 museos activos a lo largo y ancho de toda la provincia.

Algunos gozan de buena salud porque son gestionados con recursos, tienen identidad propia y un equipo de expertos atrás, como el del Área Fundacional de Capital.

Otros, en cambio, luchan por sobrevivir, con el aporte de sus protectores, como el Museo del Pasado Cuyano, donde sus guías trabajan ad honórem, o el Museo de la Educación, donde un guardia de seguridad hace las visitas guiadas del lugar con toda su buena voluntad.

Incluso hay situaciones dramáticas, en las que si no se actúa decididamente podrían perderse estos sitios significativos para la historia local, como la Casa Molina Pico, en Guaymallén, o el Fuerte San Carlos, en el Valle de Uco.

Por supuesto existen casos en los que los objetos que guardan son muy bellos, relacionados con la industria vitivinícola o con tesoros naturales de la época prehispánica pero carecen de un guión dinámico que muestre su encanto a los visitantes. 

Dice una popular canción que “el mundo no muestra nada a unos ojos sin mirada”. Los museos necesitan que los miren, los interpreten y rescaten de su gélido olvido. Cada vez con menos público, desafiados por las nuevas tecnologías y las crisis culturales del mundo globalizado, resisten, por ahora.




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