Un recorrido gastronómico bien argentino.


Hace dos semanas, Netflix estrenó un capítulo porteño de la serie documental Somebody Feed Phil que muestra a una ciudad a partir de su comida.

 Philip Rosenthal, pasó un par de días en la ciudad y estuvo muy bien asesorado. Además, mostró las calles arboladas, las reuniones entre amigos que duran mil horas y las servilletas que no limpian. Esta temporada también le tocó a Venecia, Dublín, Copenhague, Ciudad del Cabo y Nueva York.

El programa arranca en un bodegón clásico con platos calóricos, en el El Obrero. Lo acompaño Soledad Nardelli, gran cocinera local que explica por qué el revuelto gramajo y sus amigos son parte de nuestro ABC.

Además, pasa por un bar notable: “Los Galgos”. Le cuentan sobre la hora del aperitivo y la costumbre que más hace ruido a los sajones: después del almuerzo y antes de la cena, viene otra comida potente.

La siguiente parada en Chori. Probó chorizos de todos los colores y le encantó. Luego, pasó por un restaurante que le rinde homenaje a Perón y Evita. 

Al salir de lo de Narda Lepes, Phil dice que puede que sea “el mejor del mundo”. En la cocina del restaurante del bajo Belgrano, Narda le enseñó cuánto se puede hacer con los productos frescos del país y la manera más novedosa de comer una ensalada.

Llegaron al restaurante Mishinguene y el conductor dijo: “No importa donde voy, siempre me encuentro un restaurante judío”. Comieron en la mesa de la cocina, probaron las recetas de la abuela, bebieron vodka en su honor y comieron el pastrón magistral de la casa.

En Tegui, comieron, atrás de la pared llena de grafitis, ostras con frutillas verdes; anchoas con quinotos y salsa de durazno; patas de rana con sandía y rábanos; y tortellini con salsa de limón.

También visitó el interior de Buenos Aires, El Ombú en San Antonio de Areco, donde compartió un mediodía con Felicitas Pizarro que le contó sobre el punto de la carne. Además, se vistió de gaucho y se subió a un caballo para andar por el campo de la estancia.

Cucina Paradiso, comieron pasta con cuchara y hablaron de la herencia del cocinero italiano, hasta que se movieron hacia un destino bien calórico.

Luego, llegaron a una pizzería clásica con 80 años de historia. Comieron su clásica fugazzetta y se rieron de la falta de absorbción de sus servilletas. También fueron a la Liza Puglia, la reina del pollo frito. Comieron comida de Nueva Orleans con picantes, guisos y cerveza.

El último paso fue la parrilla que hace pocos días fue nombrada el restaurante número 55 de los 100 mejores del mundo, en donde comieron mollejas. 





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