El panorama político nacional, por Carlos Sachetto.


Quienes no están vinculados de manera directa a los usos y costumbres de los habitantes del mundo de la política y a la forma en que se relacionan entre ellos, tal vez desconozcan que en el Congreso Nacional se vive un marcado clima deportivo. Suena extraño, pero es habitual que diputados y senadores diriman sus diferencias en términos de triunfos, derrotas y empates, y que muchas veces no importe tanto lo que se discute sino la satisfacción de vencer al adversario.

Lo que hacen, en realidad, es participar de un bochornoso campeonato de hipocresía y cinismo. Es así porque a muchos de estos jugadores se los puede ver frente a los micrófonos y cámaras televisivas, antes, durante o después de esos partidos, hablando circunspectos sobre los elevados intereses del pueblo y los valores de la República.

Esta práctica tuvo el martes pasado un momento desbordante cuando el líder del Frente Renovador, Sergio Massa, propició la unidad de casi toda la oposición en Diputados, en especial de las distintas variantes de peronismo, para vencer al Gobierno con un proyecto de Ley de Ganancias que tiene más valor político que económico. El cuerpo le dio media sanción alterando los nervios del oficialismo y del propio Mauricio Macri, aunque hasta ahora sólo se ha recorrido el 30 por ciento del trayecto que debe cumplirse para convertir esa iniciativa en ley, porque si el Senado le introduce modificaciones, puede volver a Diputados y quizás no todos jueguen otra vez en el mismo equipo. 

Pero, la experiencia les sirvió a todos para desplegar una batería de chicanas, recordatorios de conductas pasadas y frases descalificadoras, aunque a partir de mañana vuelvan a compartir alegremente abrazos y besos en la intimidad de los despachos. El tiempo electoral está en marcha y ellos creen que los resultados de cada una de estas batallas los posiciona mejor ante la sociedad

Los orígenes

Varios factores contribuyeron para que el episodio de Ganancias estallara como lo hizo. El primero fue la promesa incumplida por Macri, quien dijo que si llegaba al Gobierno los trabajadores dejarían de pagar ese impuesto. Se la dejó picando a un Massa que arrastrado por su ambición de conducir al peronismo para levantar su candidatura presidencial de 2019, no teme usar la demagogia para borrar su pasado kirchnerista.

Otro disparador fueron las declaraciones del presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, elogiando a algunos dirigentes peronistas y sosteniendo que la coalición Cambiemos debía ampliar su base de sustentación con ellos. La idea fue deshechada por el propio Presidente, pero en el peronismo se encendieron las alarmas: “Nos quieren manejar la interna, y entre el macrismo y Massa, preferimos a Massa”, se justificaba el miércoles un senador del PJ.

Hay más antecedentes: hace 24 días, en un evento que reunió a empresarios, políticos y periodistas en los Jardines del Palacio Duhau-Park Hyatt, en la Ciudad de Buenos Aires, Sergio Massa y Diego Bossio se apartaron del centro de la reunión y tuvieron una conversación a solas sentados bajo una sombrilla. Cuando Massa regresó al salón, habló de manera informal con un pequeño grupo de cronistas y uno de ellos le preguntó si se podía conocer el tema de la charla porque se los había visto muy serios. “Le dije que dejaran de masturbarse con su bloque en la Cámara (de Diputados) y aceptaran buscar coincidencias de unidad más profundas” respondió. 

La operación estaba en marcha. Después, sumar al Frente para la Victoria con el visto bueno de Máximo Kirchner no requirió ningún esfuerzo porque era la oportunidad de renacer al protagonismo. Se cuidaron: ni Massa, ni Bossio ni Máximo aparecerían en la foto porque aun ganando podían perder.

La reacción

La virulencia con que el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y el propio Presidente salieron a descalificar a Massa, demuestra que pese a lo que se dijo el día después, el Gobierno no esperaba aquella jugada opositora. Esa sorpresa es producto de una impericia política de la Casa Rosada que, a un año de asumir el poder, no se revierte.

Las señales enviadas desde Diputados por Monzó y el jefe de la bancada de Cambiemos, Mario Negri, no fueron oídas o se les restó importancia. Además, con el ministro del Interior Rogelio Frigerio fuera del país, la falta de habilidad política para manejar el tema resultó evidente. Mientras en un canal de televisión la vicepresidenta Gabriela Michetti decía que de aprobarse en el Senado la ley sería vetada por Macri, en otro canal Peña hacía malabares para no asustar con el veto y se abría a una negociación con los gobernadores. 

“Menos mal que fuimos la semana pasada al retiro de Chapadmalal para, entre otras cosas, unificar el discurso”, se lamentaba un participante de aquel encuentro de la primera línea del Gobierno. Ahora, la estrategia oficial deposita sus fichas en los gobernadores y en la cabeza del presidente del bloque peronista del Senado, Miguel Pichetto, a quien consideran un sostenedor de la gobernabilidad. Todos recuerdan que antes de la sucesión de errores políticos que tuvo el Gobierno durante el año, Pichetto fue quien dijo que lo mejor que le podría pasar al peronismo es que un presidente no peronista termine su mandato.

Son muchos los que piensan como Pichetto en una fuerza atomizada que todavía está lejos de lograr un liderazgo unificador. Pero si Macri no encuentra el rumbo económico y se debilita por las presiones opositoras, los riesgos serían enormes




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