Quieren crear una Iglesia gitana universal



Miembros de la comunidad gitana en Córdoba planean abrir una iglesia, con un pastor de la misma etnia, pero abierta para todos los credos. Vírgenes y adivinaciones conviven pacíficamente.

Por Natalia Lazzarini

Muchos asocian a los gitanos con las carpas alfombradas, los colchones apilados y una vida itinerante, de acá para allá. Sin embargo, Guillermo Traico –60 años, calvo y espalda robusta– está pintando su casa de rojo.

Amante de los espacios amplios, también construye dos habitaciones más en planta alta. Su casa está en barrio San Nicolás, epicentro del mundo gitano, al este de la ciudad de Córdoba.

“Si vos me preguntás ahora, me quedo mil veces con la carpa – asegura el hombre, pantalón y remera negra, collar de oro y anteojos RayBan–. Amo mi raza. Me encanta andar de un lado para el otro. Pero si el mundo cambia, nosotros también tenemos que cambiar”.

Para este pueblo de costumbres milenarias, es cada vez más complicado encontrar un terreno donde establecerse. Ya casi no quedan sitios baldíos y sus propietarios no los tratan bien. “Teníamos que decir mentiras piadosas para que nos prestaran un espacio. Que el jefe no estaba, pero que vendría luego a dar las gracias. A esa mentira la queremos sacar. Eso quiero que pongas: los gitanos somos independientes. Trabajamos por nuestra cuenta”, agrega Guillermo, quien se dedica a comprar y vender camiones.

El vocero de la familia Traico nos ha citado en su casa para hablar sobre un proyecto que tiene en mente: la creación de la primera iglesia gitana en Córdoba. Hace dos años, conoció al Papa Francisco, en la convocatoria del sumo pontífice a todos los gitanos del mundo. Y desde ese momento mastica la idea, para la cual, asegura, ya consiguió lugar.

La misa que planifica estaría presidida por un pastor evangelista, gitano claro, y sería abierta para todos los credos. “Acá todavía no tenemos curas de nuestra raza, en España sí; pero ya los vamos a tener”.

“Si hay un solo Dios, ¿por qué tenemos que estar divididos en tantas iglesias? Poné que lo digo yo: ‘Si hay un solo Dios, ¿Por qué tenemos que estar divididos en tantas iglesias?’”.

Traico se sienta en la punta de  una mesa y muestra las fotos que se sacó con el Papa. Como buen jefe que es, intenta monopolizar el eje de la charla. Ya no quiere hablar de la iglesia, todavía no tiene los detalles. Quiere hablar sobre discriminación.

¿No se contradice la religión católica con sus costumbres ancestrales? –pregunta Día a Día.

–No –responde Traico–. Las gitanas adivinan, es un don que Dios les dio. Entonces, si vos tenés fe, ellas te curan. El empacho, la ojeadura, la pata de cabra, todo eso te curan. Siempre hacen el bien. No hay gitanas brujas.

El hombre se levanta de repente y pide que lo acompañemos a su altar. Atravesamos un pasillo que cruza la cocina y allí, en una mesa con mantel, reciben ofrendas dos imágenes de Yemanyá. “Le doy caramelos, perfumes, sandía, melón. Todo eso quiere ella”, asegura, en relación a la diosa suprema del candomblé, religión negra del norte de Brasil.

La reina del mar no está sola. En el altar se mezclan estatuillas de vírgenes: la del Valle, de Catamarca, y la de Lourdes, de Alta Gracia.

Velas, flores y espejos conviven en armónico sincretismo.

El milagro del lavarropas.  Raquel Traico conoció a su esposo Guillermo el día de su casamiento. En ese entonces vivía en un pueblo cerca de Goya, provincia de Corrientes, y tenía 19 años. “Mi suegro era muy amigo de mi padre.

Un día vino a casa y estábamos sentadas las tres hermanas solteras: Marta, Viviana y yo. ‘Elegite la que quieras’, le dijo mi papá. ‘Me gusta esa’, contestó mi suegro, sin conocerme. Al tiempo me estaba casando con alguien que nunca antes había visto”, relata.

La mujer, de pelo canoso atado con un pañuelo –como establecen las reglas para las casadas–, no se queja de la elección. “Gracias a Dios tuve un marido bueno, tres hijos, 13 nietos y seis bisnietos. Pero tengo conocidas que no tienen opción. ¿Creés que te miento, hija?”.

Los gitanos tienen reglas muy estrictas. En este mundo no está permitido el noviazgo y los padres eligen los candidatos de sus hijos.

La mujer debe llegar virgen al matrimonio, por respeto a los cabecillas de la familia. Así se defienden los pueblos que han sido desplazados: con normas rigurosas que protegen sus tradiciones.

Raquel, de 64 años, tampoco encuentra contradicciones entre sus costumbres ancestrales y la religión católica: “Yo soy espiritual. Leo la suerte. Hoy ya no ves gitanas que adivinan en la calle. Lo hago aquí, en mi casa. Mi hermana Lucrecia también lo hacía, pero ahora entró en la religión evangélica y ya no lo hace más. Hay muchos gitanos evangélicos”.

La mujer recibe en su vivienda a hombres y mujeres que buscan respuestas en la palma de la mano.  Aquí está más cómoda que en la carpa. “Antes, para lavar la ropa, tenía que pedirle agua a una vecina y llenar la palangana. Ahora, gracias a Dios, tengo lavarropas”.

La familia se excusa de no poder ofrecer el tradicional té con canela y frutas. La casa está en obras. Guillermo nos acompaña hasta la puerta, y ahora sí se queja sobre la discriminación: “Dicen muchas cosas de nosotros, hija. Las madres asustan a sus chiquitos: ‘No salgas a la calle, te va a llevar la gitana’. Y cuando nos ven, se cruzan de calle.  Imaginate cómo nos sentimos.  Poné que yo digo: ‘No somos fantasmas’. ¿Pusiste?”

 Al despedirnos, prometemos volver al barrio para el 8 de diciembre. En el aniversario del Día de la Virgen, la comunidad prepara un gran festejo.

Guillermo saluda desde la puerta, agitando sus enormes manos: “Vas a ver que somos familieros. Amamos el respeto, casi tanto como el oro”.

Los Traico, exponentes de una enorme raza ancestral, apenas si caben en esta casa de barrio San Nicolás. Nosotros, “los criollos”, nos vamos con la sensación de haberlos espiado solamente por la mirilla.