El Vivero Municipal Naturaleza brinda trabajo a un grupo de adultos con discapacidad. Un proyecto de inclusión laboral que ya lleva siete años sembrando conciencia.

Por Gabriela Martín.

En junio festejaron sus primeros siete años y se sienten orgullosos por todo lo logrado en este tiempo. Comparten tareas, participan de distintas ferias, asesoran a jardines de infantes y escuelas sobre el armado de huertas, brindan consejos para el cuidado del medio ambiente y se sienten parte de una comunidad que les dio sentido de pertenencia. Se trata de un grupo de adultos con discapacidad que encontró en el Vivero Municipal Naturaleza un espacio para desarrollarse laboralmente.

El proyecto forma parte del Área de Discapacidad de la Municipalidad de Malagueño y promueve la inserción socio-laboral de personas adultas con discapacidad. La iniciativa surgió para cubrir una necesidad. “Al finalizar su ciclo de formación, estos chicos no tenían cómo acceder a un trabajo. Pensando en la integración e intentando dejar el mensaje que más allá de una discapacidad o de condiciones diferentes, todos tenemos que tener la posibilidad de desarrollarnos en el ámbito laboral, nació el vivero. Partimos de esa premisa”, describe a Tu Día Carlos Véliz, coordinador del Área de Discapacidad de la entidad gubernamental.

Y agrega: “Lo hicimos pensando también en que los chicos tienen derechos pero además, deben tener obligaciones. Tratamos de que el día a día sea como el de cualquier empleado de la Municipalidad. Llevamos un registro con planilla de asistencia, horarios, uniformes, notas de trabajo. Cada uno tiene un rol y desarrolla sus tareas”.

La jornada se desarrolla como en cualquier otro espacio de trabajo. Mientras uno riega, otro lleva bolsas con tierra en una carretilla o responde las inquietudes de algún cliente. Valeria Vergara o simplemente “la profe” es la coordinadora del grupo. “En los comienzos se probó con docentes de educación especial pero había que saber de plantas. Yo traía ese conocimiento y fue Carlos quien me contagió el gusto por trabajar con discapacidad. Cuando empezás a conocer todas las aptitudes que tienen los chicos te das cuenta que no difiere casi en nada con cualquier otro trabajo”, dice.

Y sigue: “Somos un equipo. Todos hacen todo, desde abrir la puerta hasta hacer esquejes. Se ocupan del riego y mantenimiento de plantas, sembrado de aromáticas, humus de lombriz y también de brindar consejos para preparar insecticidas naturales y cuidar el medio ambiente”.

Tanto Carlos como Valeria trabajan mucho para que la inclusión se de en todos los ámbitos. De a poco, las personas empezaron a darse cuenta que los chicos podían atender, aconsejar, enseñar, cumplir un horario como en cualquier otro trabajo. Insistieron para que tanto la mirada externa como la interna fuera cambiando. Y cambió. Tal es así que tomaron otras tres personas, un administrativo y dos empleados para el vivero, y desde hace algo más de un mes extendieron su horario de atención.

Ethel Espíndola es una de las empleadas que llegó con la apertura del “turno tarde” del vivero; la posibilidad de volver a trabajar renovó sus energías. Una enfermedad le coartó la posibilidad de seguir adelante en su trabajo anterior y aquí, entre plantas y compañeros de equipo, sintió que volvía a ser incluida en la sociedad. “Volvés a algo que es natural para vos, a hablar con la gente. Con la enfermedad uno se aísla, pero es necesario vivir en sociedad porque el hombre solo se muere. Trabajar acá me ayudó a reinsertarme”, cuenta la mujer que dejó Córdoba para instalarse en Malagueño y recuperarse de una depresión.

Espacio ganado

Todas las personas que desarrollan tareas en el vivero se sienten queridas y quienes están al frente del proyecto expresan que es gratificante escuchar cómo se refieren los visitantes. Además, los vecinos son los “guardianes” naturales del lugar. Ellos se encargan de avisar cuando observan algún movimiento extraño o hay alguna pérdida de agua.

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“Cuando vine a mi primera entrevista Carlos me dijo: ‘antes la gente venía a regalarnos cosas, el día que me vengan a pedir algo voy a sentir que ya dejaron de vernos con esa mirada de dádiva’. Hoy la gente viene y te pide donaciones para colegios, jardines; te tiene en cuenta. En Malagueño, la sociedad tiene incorporado al vivero y a los chicos, saben que son parte”, relata la profe.

Y agrega: “Vienen a buscarnos de las escuelas o de los jardines de infantes para dar charlas sobre huertas, para hacer prácticas. Son ellos, quienes trabajan todos los días en el vivero, los encargados de enseñarles sobre aromáticas, cómo plantar, dónde ponerlas, para qué sirven. Son los protagonistas”.

Por esta y otras razones, los “chicos”, como los llaman cariñosamente Carlos y Vale, se sienten útiles. Todos han demostrado crecimiento en la autoestima y capacidad de superación. Nadie dice que no haya habido obstáculos. Los hubo y los habrá. Ninguno de ellos quiere dar una imagen idílica ni hacer creer que todo funciona de mil amores.

“Es un trabajo como cualquier otro. Nos pasan cosas, a veces disentimos, pero tratamos que si hay alguna diferencia la podamos hablar y solucionar. Siempre les digo a todos: No seremos amigos, pero seamos buenos compañeros porque tenemos que trabajar y hacer que el otro también se sienta cómodo”, dice Carlos Véliz.

Y cierra: “Son procesos lentos que llevan su tiempo pero nadie nos impide que podamos hacerlo. La idea de llegar a las escuelas es muy importante porque naturalizas la discapacidad, uno de los objetivos que nos planteamos con este proyecto. El espíritu del vivero apunta a sostener la fuente de trabajo y ofrecer un servicio, pero también a cambiar un poco la mirada sobre las personas discapacitadas”.

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La selección

Hace 10 años existía un taller municipal para personas con discapacidad que estaba anexado a la escuela Montessori. Cuando la institución absorbió los talleres, hizo lo propio con los menores de 20 años, pero un segmento de la población quedó a la deriva. Se habló con los papás, se les contó sobre el proyecto y se determinó quienes podían asumir una responsabilidad laboral.

Con los tres que se incorporaron este año se buscó un perfil distinto, con discapacidad pero alguien más autónomo y que pudiera resolver situaciones en las cuales no hiciera falta que estuviesen los coordinadores.

Todos forman parte de un programa de becas de la Municipalidad.

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