Desde vecinas organizadas para recuperar espacios verdes en los barrios, hasta activistas indígenas que combaten el monocultivo: historias de liderazgos femeninos que ayudan a mejorar el hábitat y la salud comunitaria. Capacitación, empoderamiento y programas en articulación con el Estado. (De La Razón)

Por María Paz Paniego

Las primeras vinculaciones entre feminismo y ecología surgieron en 1974 cuando, bajo el término de ecofeminismo, se comenzó a denunciar el paralelismo entre la explotación indiscriminada de la naturaleza y la subordinación que las mujeres han enfrentado a lo largo de la historia.

Hoy, cada vez son más los grupos de mujeres que en distintos puntos del país y del mundo organizan su lucha en torno al cuidado de la tierra y reivindican la protección ambiental como herramienta para lograr su empoderamiento y organización colectiva.

“El ecofeminismo revisa la interconexión de un modelo económico que naturaliza y presupone el derecho de explotación de mujeres -dedicadas a lo reproductivo-, y del ambiente, ubicado como recurso”, explica Paula Gabriela Núñez, doctora en Filosofía e investigadora del Conicet.

Las organizaciones de mujeres embanderadas bajo esta perspectiva son muchas y variadas: algunas prefieren el camino de la militancia política, otras eligen impulsar agendas en ámbitos académicos o legislativos, y hay quienes escogen, como el grupo de vecinas de la Villa 21-24 de Barracas, la acción directa y local para transformar un terreno baldío en un espacio verde para la comunidad.

Vecinas organizadas

Claudia Mabel Torales nació hace 35 años en El Dorado, provincia de Misiones. En 1999, sin embargo, los caminos de su vida la llevaron a instalarse en la Ciudad de Buenos Aires junto a su marido, más precisamente en el corazón de la Villa 21- 24 de Barracas. Acostumbrada a los kilómetros de verde misionero, Claudia se encontró en un barrio donde las montañas de basura y las moscas aparecían a cada paso. Vio cómo la Plaza San Blas, ubicada en frente de su casa, se estaba convirtiendo en un basural a cielo abierto. Y se deprimió.

Lejos de paralizarla, esa depresión fue el puntapié para comenzar un largo camino de organización para recuperar y poner en valor el espacio: “Era un lugar horrible, inhabitable, que hasta quiso ser tomado por vecinos para construir. Pero lo que había que hacer era transformarlo en un espacio verde para la comunidad”, recuerda Torales.

¿Sus principales aliadas para lograrlo? Sus vecinas. Por ese entonces, hace más de diez años, la presencia del Estado en las villas era prácticamente nula. Entonces, convocó a las mujeres de la cuadra y juntas comenzaron una lucha organizada que consistía en guardias divididas por turnos para controlar que la gente no tomara el espacio ni arrojara basura con total liviandad.

Luego hicieron un mapeo para localizar dónde debían colocarse nuevos tachos, y plantaron árboles con la ayuda de diferentes vecinos que los compraban o los llevaban a la villa después de visitar a sus familias en distintas localidades.

Hoy, no sólo la Plaza San Blas se convirtió en un espacio público para la comunidad, sino que además Claudia Torales ya lleva siete años dando un taller de reciclado para 30 chicos en su casa. “Quiero reducir la cantidad de basura que se genera, y me doy cuenta de que a través de los chicos voy concientizando a los grandes”, explica.

Ejemplos que inspiran

A metros de la casa de Claudia vivía Ester Arce, vecina que murió en agosto del 2013. Ester era reconocida por luchar por las condiciones ambientales de las familias afectadas por la liberación del Camino de Sirga, que hoy siguen viviendo a orillas del Riachuelo. De las 1.334 familias afectadas, hasta hoy sólo fueron relocalizadas 107. Los pasos de Ester dejaron una huella tan grande que hoy sus vecinos quieren que el complejo de viviendas que se está construyendo en las calles Iguazú y Luján, lleve su nombre.

“Era una luchadora por definición, lo demostró en cada paso de su vida, y se consagró sosteniendo la lucha por la vivienda, el derecho a la salud y al ambiente sano en su comunidad.

La recordaré siempre por su grito de justicia; su coraje y valentía no se agotaban nunca y podía estar atenta a lo más importante de una negociación”, recuerda Paz Ochoteco, directora ejecutiva en Fundación TEMAS, organización que elabora programas orientados a la inclusión social en la Villa 21-24, en los barrios de Barracas y Nueva Pompeya.

Manos de Mujer

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió convocar en 2015 a todas aquellas mujeres que, como Claudia Mabel Torales, estuviesen haciendo algo por cuidar el ambiente en las villas. Fue así que nació el proyecto Manos de Mujer, que busca la transformación del hábitat a través de la capacitación y el empoderamiento de grupos de mujeres.

Es una iniciativa impulsada en conjunto por el Estado, a través de la Subsecretaría de Hábitat e Inclusión, y la asociación civil Amartya.

“En las villas se ve cómo las mujeres son quienes sostienen la diná- mica del hogar, quienes cuidan de los ancianos, de las personas con discapacidad.

Son las mujeres quienes atienden los comedores, quienes acompañan a sus hijos a las salitas de salud, quienes hacen largas colas para conseguir vacantes en escuelas”, explica Paula Valverde, coordinadora del Programa Género y Há- bitat de la Subsecretaría de Hábitat e Inclusión. Y agrega: “Creo que las mujeres somos excelentes cuidadoras, pero no por una cualidad innata sino claramente social y patriarcal”.

Este contexto es el que hace que sean las mujeres quienes participan activamente del cuidado ambiental de sus barrios. Si bien el proyecto Manos de Mujer no excluye a los hombres, la participación masculina es significativamente menor. El objetivo no es dejar a los varones a un lado, sino aplicar la perspectiva de género para desnaturalizar los estereotipos de los roles que se asumen en la sociedad, capacitando a las mujeres, no sólo en jardinería, sino también en herrería, carpintería, albañilería, y otros oficios generalmente asociados a los hombres.

Los encuentros de capacitación, que reúnen a participantes de varias villas de la Ciudad, se realizan de manera semanal en el barrio Fátima de Villa Soldati o en el Centro de Información y Formación Ambiental (CIFA) ubicado en el Parque Indoamericano.

Claudia Torales es una de las tantas mujeres que a través de este conocimiento técnico hoy pueden potenciar aquella vocación que ya tenían de cuidar su entorno barrial. Y ella quiso dar un paso más, porque también está formándose como Promotora de Género a través del programa ATAJO del Ministerio Pú- blico Fiscal: “En las plazas vemos muchísimas cosas, y ahora ya empecé a meterme a defender mujeres, nenas…”, explica orgullosa.

“Vi cómo algunas pasaron de ser mujeres que no hablaban con nadie, que miraban para abajo al caminar en la calle, a ser mujeres con la frente en alto, sujetos de derecho y socialmente activas. Son mujeres empoderadas, con mucho amor hacia sí mismas y hacia su comunidad, hacia la tierra y la vida”, resume Valverde sobre la transformación que ve en las participantes del proyecto.

El año pasado, Manos de Mujer fue seleccionado número 35 entre 500 proyectos de todo el continente en los Premios Latinoamérica Verde. Fue el tercer puesto a nivel nacional y se lo destacó en la categoría “Desarrollo humano, inclusión social y reducción de desigualdad”.

Las que buscan el Buen Vivir

Ellas empezaron su trabajo en silencio, porque las luchas de los pueblos originarios no suelen tener eco en las ciudades y menos cuando son encabezadas por mujeres. Todo comenzó cuando en 2012 la activista mapuche Moira Millán recorrió 36 misiones originarias del país y descubrió que se repetían los reclamos: avance sobre tierras, problemas de acceso al agua, destrucción de espacios de celebración, y proliferación de monocultivos y agrotóxicos en detrimento de las prácticas ancestrales de producción y consumo.

De a poco comenzó la organización hasta que conformaron el grupo Mujeres Originarias por el Buen Vivir. Definen el concepto de “buen vivir” como un derecho que tenemos todos, no solo los originarios, de recobrar la reciprocidad con la naturaleza: un vínculo que hoy tiende a destruirse.

Tras años de viajes y coordinación, pasaron de un trabajo solapado a conseguir su primera marcha en la Ciudad de Buenos Aires en abril del 2015 y a alzar la voz en el Congreso de la Nación. Buscan llegar a una ley del Buen Vivir, para lo cual ya presentaron un anteproyecto para formar un Consejo de Mujeres Originarias.

“Las mujeres somos las que quedamos solas como rehenes en los territorios con los niños porque los hombres salen a hacer sus trabajos, en un contexto de falta de justicia, impunidad, avasallamiento y cacerío sobre nuestras tierras”, explica Irma Caupan Perriot, miembro de las Mujeres Originarias por el Buen Vivir.

Asegura que no son un grupo feminista, aunque reconoce que es mucho el camino que queda por transitar en las comunidades originarias, donde el machismo y el patriarcado aún pisan muy fuerte. Es Moira Millán quien suele recorrer todos los territorios, incluso a dedo, para llegar a las comunidades por más aisladas que estén, con el objetivo de “empoderar a las hermanas”.

Irma Caupan Perriot es referente mapuche y está convencida de que hay un fuerte vínculo que une lo femenino con la tierra: “Somos dadoras, gestadoras de vida: sin dudas hay algo que nos conecta desde ahí. Yo como mapuche me siento parte del territorio y necesito recuperarlo como forma de vida”.