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Hoy se cumplen dos décadas del cuarto puesto logrado por la Selección en el Mundial Sub-22 de Australia. Lo que en principio resultó una decepción, fue la semilla de la consagración que le dio nombre a la Generación Dorada. (De La Razón)

Por Pablo Gallardo

La Generación Dorada no es una simple denominación. Con el correr del tiempo se transformó en un símbolo, en un sinónimo de la competencia al más alto nivel, del convencimiento para ir en busca de los sueños, de animarse a lo que antes era impensado. Tras más de una década plagada de lauros, ese rótulo marketinero se hizo conocido incluso para los que no son amantes del básquet y, con suerte, se prenden con la pelota naranja sólo cuando impera el espíritu olímpico.

Sin embargo, para alcanzar esa notoriedad y que en la actualidad se hable del recambio post Generación Dorada el camino fue largo. Sabidas son sus hazañas, con los títulos en los FIBA Américas de Neuquén 2001 y Mar del Plata 2011 y en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, el subcampeonato en el Mundial de Indianápolis 2002 y el bronce en Pekín 2008 como puntos más altos.

¿Pero cuándo comenzó a gestarse ese equipo que hoy es una leyenda? Hace ya 20 años, en el Mundial Sub-22 de Australia 1997. Allí se amalgamó un núcleo de seis jugadores que, tras la experiencia vivida en ese torneo, se unió para siempre: Juan Ignacio Sánchez, Emanuel Ginóbili, Leonardo Gutiérrez, Gabriel Fernández, Luis Scola y Fabricio Oberto. Luego se sumarían Andrés Nocioni y Carlos Delfino, entre otros, para dar el mayor golpe del deporte argentino.

De todos modos, es necesario retrotraerse aún más en la historia.

Dios los cría y ellos se juntan

Gutiérrez, Victoriano, el crack tucumano que integró el conjunto nacional hasta el Mundial 2002, y Riofrío, el protagonista del momento más oscuro de este grupo (falleció de un paro cardíaco en 2001 mientras jugaba para Estudiantes de Bahía Blanca), tuvieron su bautismo en los seleccionados nacionales en el Sudamericano de cadetes de Itanhaem 1993 (Brasil).

Al año siguiente, en el Sudamericano juvenil de Oruro (Bolivia), fue el turno de Sánchez, Fernández y Palladino. Esa base de jugadores se presentó a los pocos días en el Panamericano juvenil de General Pico (La Pampa). Allí perdieron por cinco puntos la final contra el Estados Unidos de Stephon Marbury y Shareef Abdur Rahim, que dos años más tarde llegaron a la NBA con contratos millonarios.

En 1995, aún en la categoría juveniles, se estrenaron en un Mundial y visitaron por primera vez Grecia, el país que resultaría el escenario del triunfo más resonante. Para ese certamen se unió al grupo Scola, que venía de ser campeón sudamericano de cadetes en Arequipa (Perú), junto a Nocioni.

Al año siguiente, Ginóbili se vistió de celeste y blanco para el Sudamericano Sub-21 de Vitoria (Brasil), luego de convertirse en la revelación de la Liga Nacional en Andino de La Rioja.

Para el Panamericano Sub 22 de Caguas (Puerto Rico), se sumó Fabricio Oberto. Antes de ese torneo, Sánchez había acordado ir a la Universidad de Temple y Victoriano había sido campeón de la LNB y la Liga Sudamericana con Olimpia. Los chicos comenzaban a hacerse sentir.

Australia, la marca indeleble

Para el Mundial Sub-22, de los diez mencionados sólo faltó Nocioni. La lista de doce convocados se completó con Bruno Lábaque, Luciano Masieri y Alejandro Burgos. “Ojalá el básquet argentino le dé el valor que corresponde a este Mundial”, anheló Julio Lamas, que recién asumía en su primer ciclo al frente de la Mayor y, como parte de su proyecto integral, decidió dirigir también a los juveniles. Victoriano, que luego ficharía para Real Madrid, y Oberto, que jugaba con regularidad en Atenas de Córdoba, llegaron con el cartel de figuras. De hecho, los reclutadores de talentos de la NBA ya tenían sus nombres apuntados.

Tras largas horas de viaje y aún con el jet lag a cuestas, Argentina venció a Corea del Sur (96-76) y a Turquía (64-58). No obstante, el andar victorioso se detuvo contra España, que se impuso con autoridad (90-67). “Nos sirve para poner los pies en la tierra, para obligarnos a no perder la concentración. Cuando aflojamos nos fue mal”, consideró Scola. Ese mensaje, maduro y autocrítico, sería una marca registrada de Luifa. Pero su documento tan solo acreditaba 17 años… La recuperación llegó contra los locales (81- 67) y después se cumplió con el trámite ante Egipto (97-58).

En cuartos se cruzó Lituania, una potencia que metía miedo por el portentoso físico de sus jóvenes.

El 74-57 para los argentinos fue una verdadera lección de básquet. “Estos pibes ya hicieron historia”, tituló el diario Olé, en alusión a la primera clasificación a semifinales en un Mundial de la categoría. La ilusión era grande, aunque recibiría un cachetazo. Argentina ganaba la semi frente a Australia por tres puntos, pero el último minuto fue fatal: erró un tiro libre, tuvo una pérdida y sufrió dos triples, lo que derivó en un 71-68 para los dueños de casa. “Es la derrota más dolorosa de mi vida, no somos una potencia y se tienen que dar muchas circunstancias para volver a estar tan cerca de una final mundial”, lamentó Lamas, que con toda lógica no intuía que cinco años más tarde los mismos muchachos afrontarían una definición en un torneo ecuménico de mayores.

Tiempo después reconocería que no supo qué decirles a los chicos en aquel vestuario lleno de lágrimas, que mutaron a un juramento para reencontrarse y tener revancha. Hace dos décadas, Argentina, golpeada y vacía, cayó 84-72 contra Yugoslavia en el partido por el bronce.

Igual, el conjunto nacional sintió que era el primer peldaño de una escalera a la gloria.

Aquello quedó evidenciado en la conversación que mantuvieron Oberto y Victoriano durante la ceremonia de premiación. El base, que en cada viaje compraba algún souvenir para todos sus familiares, descubrió que la organización entregaba junto con las medallas un canguro de peluche como recuerdo. “Fabri, quiero uno de esos para regalárselo a mi hermana. ¿Sabés cómo puedo hacer para conseguir uno?”, preguntó, aún con la decepción a flor de piel. “No te hagas drama. En 2000 los Juegos Olímpicos se harán acá, así que venimos, subimos al podio y nos llevamos los canguritos”, retrucó el cordobés. La deuda se saldó siete años más tarde. Aunque no hubo peluches ni Victoriano formó parte del plantel, la anécdota grafica la mentalidad ganadora del grupo.

Las figuras de aquel Mundial, Yao Ming (China), Igor Rakocevic (Yugoslavia) y Jorge Garbajosa (Espa- ña), verían posteriormente cómo aquellos afligidos jugadores criollos escalaron a la cima del mundo.

“Ese torneo nos marcó a todos como jugadores y personas. Generamos una química muy linda e hicimos un Mundial extraordinario. Fue un trampolín en nuestras carreras.

Puede ser que se estuviera gestando algo, pero no lo sabíamos en ese momento”, confió Leo Gutiérrez en 2012, en una charla con este diario.

El salto a la Mayor

La impresión que dejaron fue tan buena que, al año siguiente, Lamas llevó a Manu y a Pepe al Mundial de mayores de Grecia, en lugar de dos consagrados como Héctor Campana y Jorge Racca. Para el Preolímpico de 1999, en San Juan de Puerto Rico, el grupo conocido como la Generación Dorada ya había copado el seleccionado.

Argentina tuvo un desempeño magnífico: finalizó tercera y no se clasificó a los Juegos de Sidney 2000 porque se cruzó en semis con Estados Unidos y el torneo otorgó sólo dos plazas. “Quiero que sepan que se ganaron nuestro respeto”, les dijo Larry Brown, el DT norteamericano, que se metió en el vestuario albiceleste para celebrar el bronce. Otro que recuerda bien a ese plantel fue Kevin Garnett, que junto a Tim Duncan se vio ridiculizado por una violenta volcada de Nocioni en la cara de ambos.

El resto de la historia es conocida. ¿Fueron elegidos? Sí, pero a su talento le sumaron trabajo y una convicción nunca antes vista. Así, tocaron el cielo con las manos. Así, plantaron una semilla que hoy sigue floreciendo con la aparición de nuevas promesas. Ojalá, Sergio Hernández pueda pensar hoy lo que Lamas auguró al final de aquel Mundial de Australia: “El futuro es inmenso”.