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El pianista y director de orquesta argentino-israelí vuelve al país por cuarto año consecutivo para participar del festival que lleva su nombre. Este sábado, junto a Martha Argerich, tocará en un concierto gratuito al aire libre en la Plaza del Vaticano. (De La Razón)

Por Paula Conde

Su mamá enseñaba teoría y solfeo y su papá, piano. Daniel Barenboim siempre dijo que, en su caso, la música se dio de manera natural. “Era normal que aprendiera las escalas musicales antes que el alfabeto”, ejemplificó alguna vez. De chico, hasta llegó a pensar que la música era “natural” para todos: la primera vez que salió a jugar a la calle le pareció extraño que otros chicos de su edad jugaran con figuritas de cartón en lugar de estar tocando el piano todo el día, como era habitual en su vida.

Lo “normal” era, cómo no, tocar en el piano la sonata Nº2 de Prokofiev como si interpretara el Payaso Plin Plin. A los siete años, con pantaloncito corto, camisa blanca y chaleco, debutó como pianista en Buenos Aires en una sala del microcentro que ya no existe más; a los diez, lo hizo en Viena y en Roma; a los trece, en París; a los catorce, en Londres; a los quince, en Nueva York. Sí. Es posible que la música sea natural en él. Es posible que él, simplemente, sea la música. Ahora, a los 74 años, camina por los pasillos del Teatro Colón con naturalidad. O lo que es lo mismo decir: la música se desplaza por los pasillos del coliseo porteño con naturalidad.

Viste un traje gris claro, con rayas verticales muy finitas y una camisa blanca. Mide 1,68 metro: es seis centímetros más alto que Beethoven y dos más que Wagner. Entra al Salón Blanco y se encuentra con una mesa octogonal, saluda amablemente y se sienta en uno de sus lados. Llegó al país el sábado y todavía está algo cansado. A su izquierda se ubica Enrique Arturo Diemecke, director artístico del Teatro, quien hará la presentación formal de esta rueda de prensa con Daniel Barenboim, que ante cada pregunta será llamado “Maestro”. En la mesa hay copas con agua, botellitas, tazas con café y té, bandejas de tres pisos con masitas (que nadie tocará), grabadores, celulares, papeles. El pianista y director hablará no sólo del Festival que lleva su nombre y arranca el sábado, sino también de música, de repertorios, de compositores, de educación y cultura y también –difícil no mencionarla- de su amiga de melena plateada, Martha Argerich:

“¿Quieren que les cuente cosas que no les interesan, o quieren hacerme preguntas que me molesten?”, rompe el hielo con una sonrisa el Maestro. El Festival Barenboim, que se realiza por cuarto año consecutivo, arranca este sábado, a las 14, con un plato fuerte: un concierto gratuito al aire libre, en la Plaza del Vaticano justo al lado del Colón, que tendrá a Barenboim y a Argerich en un dúo a dos pianos y cuyo repertorio será elegido a último momento: “Los conciertos al aire libre tienen una atmósfera muy especial. Musicalmente no es la mejor situación, por la acústica. Pero hay un sentimiento de una comunidad que no se da en un concierto cerrado”.

El Festival seguirá puertas adentro del Teatro hasta el 5 de agosto. El repertorio variará según la fecha, pero incluirá obras de Debussy, Wagner, Ravel, Shostakovich, Berg, Beethoven, Strauss y Tchaikovsky. De su memoria musical, Barenboim dirá que la aprendió de su papá: “Él era muy sistemático, lo llamaban el ‘Pibe Sistemita’. Me enseñó a pensar con cierta lógica, o sea, la interrelación de todos los elementos. Una de las cosas más importantes de la música es que está basada en el contrapunto, pero cuando está todo terminado, tiene una unión, tiene que volverse uno”. Para dar prueba de su memoria, detallará: “En 2019, se cumplen 70 años del primer concierto público de Martha y eso sólo se puede celebrar en Buenos Aires. Y en 2020, es lo mismo para mí, porque di mi primer concierto en Buenos Aires el 19 de agosto de 1950 y ese día de 2020 quiero celebrarlo en el Colón”.

Barenboim se acercó al piano por primera vez a los cinco años. Después de siete décadas vinculado a los pentagramas como pianista o director de orquesta, dirá que la música le salvó la vida: “Se dice que la música es matemática, es poética, es sensual. La música es todo eso. Cada vez que hablamos de música hablamos de nuestra reacción. Si me traen un disco y estoy de ánimo meláncolico, no importa la obra que sea, yo voy a sentirla melancólica. Me traen el mismo disco otro día en que estoy de buen humor y voy a encontrar eso en la música. Refractamos nuestras emociones en la música. Cuando falleció mi mujer (la violonchelista británica Jacqueline Du Pré, en 1987), sufrí mucho. Ella estuvo enferma 18 años (tenía esclerosis múltiple). Ahí me di cuenta de que la música era mi mejor medicina y que cuando estaba ahí, me olvidaba de todo lo demás. A veces el estado de la música es contrario a la situación objetiva personal. El caso más evidente es el de Beethoven, que escribió ‘Testamento de Heiligenstadt’ (sobre su desesperación por la sordera), mientras componía la Sinfonía Nº2, con música alegre”.

En este mundo tan apurado, Maestro, ¿la música se separó de la vida?

¡La música está separada de la educación! El gran problema de 2017 es la falta de educación y la falta de cultura. Pero en las escuelas no hay educación musical. Y no estoy seguro de que en 30 o 50 años vayamos a seguir teniendo la vida musical que tenemos hoy, porque cada vez están cerrando más teatros y orquestas. Si hubiera mayor inversión en música, habría más público entusiasmado. Además, la música es lo único que no necesita traducción.

Martha, entre la intuición y la razón

Para su amiga Martha Argerich (76), a quien conoce desde que ambos prometían ser virtuosos de las teclas, Barenboim sólo tiene elogios: “Cuando toca, Martha tiene una calidad extraordinaria, arrebatadora. Siempre la tuvo. Pero detrás de eso, hay una capacidad de pensamiento, que no se ve tan claramente. Siempre me dice: ‘No me digas cómo tengo que hacer porque no quiero perder la fantasía’. Eso es Martha. Pero en realidad tiene ideas muy claras y racionales. El efecto de cómo toca es que parece todo intuición. Pero no lo es. No se puede ser músico sólo a base de intuición, como no se puede ser músico sólo con espíritu racional. Si no se encuentra la proporción exacta no se puede ser músico”. Considerada una de las mejores pianistas del siglo, Argerich se presentará en tres oportunidades durante este Festival: el sábado desde las 14, gratis, en la Plaza del Vaticano; y luego el mismo sábado, a las 20, y el domingo a las 17, en el Colón. Hará un dúo de pianos con Barenboim y homenajeará al compositor francés Claude Debussy.