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La suba en las incautaciones se debe al incremento exponencial de las drogas que se transportan y comercializan en el país. (De La Razón).

El mes pasado, la Gendarmería incautó la mayor cantidad de cocaína de los últimos 25 años: 1800 kilos ocultos en un galpón del parque industrial de Bahía Blanca. El cargamento fue valuado en US$ 60 millones y en el procedimiento fueron capturadas 17 personas, entre argentinos y mexicanos. La droga, según los investigadores, provenía de Chile cruzaba a Mendoza y llegaba al sur de la provincia de Buenos Aires para ser enviada oculta en bobinas de acero por barco a España y Canadá.

El Operativo “Bobinas blancas”, así se llamó, fue presentado como un éxito por el Ministerio de Seguridad, y lo fue, seguramente. Pero es imposible establecer qué representan estas acciones e intervenciones en el contexto más amplio; si se avanzó en la lucha contra el narcotráfico o el aumento en las cantidades decomisadas se debe, pura y simplemente, al incremento exponencial de las drogas que se transportan y comercializan en nuestro país.

Conocemos de su presencia y penetración a través de sus manifestaciones más visibles: el tráfico y el consumo, su afectación sobre la salud y la seguridad ciudadana, los delitos violentos y crímenes implicados.

En Santa Fe, acribillaron esta semana de once tiros al sargento Pablo Cejas, que venía denunciando las complicidades policiales con los narcos. Otra crónica de una muerte anunciada. Cejas había sufrido un intento de asesinato en 2015, tras denunciar la existencia de zonas liberadas para la venta de drogas y se encontraba bajo el régimen de protección de testigos. En esa provincia se habla desde hace años de una mafia narcopolicial que sigue operando con relativa impunidad.

En Formosa, se secuestraron más de 1200 kilos de marihuana, en el marco de uno de los operativos contra el narcotráfico más importantes en esa provincia en lo que va del año. El procedimiento estuvo a cargo de la Prefectura Naval a la altura del kilómentro 110 del río Paraguay. Durante un patrullaje, los agentes detectaron en ese lugar 94 bultos acopiados en la costa y camuflados entre la vegetación.

De las fronteras y rutas del interior el tráfico de drogas fluye hacia los grandes centros urbanos, donde asientan sus bases operativas las bandas organizadas. Y allí tenemos el gigantesco operativo conjunto realizado hace unas semanas, a cargo de más de 2000 efectivos de la Policía Federal y la Gendarmería, en la villa 1-11-14, en el Bajo Flores. Es el asentamiento más peligroso de la ciudad y la zona que concentra la tasa más alta de homicidios de la Capital, donde reinaban varios grupos de narcotraficantes que se repartieron entre sí las zonas de venta.

Los vecinos del asentamiento son desde hace años rehenes de las bandas narco. Con todo su dramatismo, la realidad de la villa 1-11-14 ilustra la perversa relación que se verifica entre el narcotráfico y la pobreza. No es casualidad que estos dos flagelos, narcotráfico y pobreza, hayan aumentado considerablemente en los últimos años hasta convertirse en fenómenos estructurales.

El gobierno anterior, frente al aumento consecutivo de las cifras del delito, decidió dejar de lado el sistema estadístico criminal. Sin estadísticas no hay planificación que valga ni comparación posible. Por eso, la confección de un mapa del delito de carácter nacional es un paso importante como parte de las funciones que el Estado debe cumplir en materia de seguridad. Es necesario contar con información fidedigna y confiable para llevar adelante una política de seguridad ciudadana efectiva y eficiente.

En este aspecto, es un avance la Encuesta Nacional de Victimización, realizada entre el Ministerio de Seguridad y el INDEC. Sus datos deben servir para establecer parámetros confiables y saber dónde estamos parados, cuánto se avanza o retrocede en la materia. Como reconocen los funcionarios del área, la última encuesta de victimización data del 2011 y, desde entonces, nos movemos entre la nebulosa de la “sensación de inseguridad” y las intervenciones resonantes ante casos que impactan fuerte en la sociedad.

Con barbijo y guantes, el presidente Macri encabezó esta semana el procedimiento de incineración de los 1800 kilos de cocaína incautados y dijo que “la batalla contra el narcotráfico va a ser larga y recién empieza”. De lo primero, no caben dudas. Lo segundo – que después de más de un cuarto de siglo de “lucha contra el narcotráfico”, se anuncie que recién estamos en el comienzo de esa lucha- es preocupante. Algo, evidentemente, no está saliendo bien.

Por Fabián Bosoer